En estos tiempos revueltos, estoy en busca de claridad.
Un intento por entender
qué sucede en el mundo,
qué decidimos como sociedad
y cómo vivimos en tanto personas.
¿Qué lleva consigo el poder?
Nadie sale de casa sin aquello que considera indispensable: hoy en día, el teléfono. Ahí llevamos nuestra vida. Pero tampoco los hombres más poderosos de la historia se atrevieron a tanto, pues ellos también llevan a todos lados algo irrenunciable.
Un muchacho adolescente que soñaba con ser Aquiles se fue a la guerra armado con una daga y un poema. No es cualquier poema sino justo el que canta la cólera de Aquiles, el héroe por excelencia. En efecto, Plutarco cuenta que Alejandro Magno llevaba siempre consigo una edición especial de la Ilíada que le preparó su tutor Aristóteles. Eran varios rollos de papiro, que guardaba en un cofrecillo del que se hizo tras su victoria en tierras persas. Lo guardaba bajo la almohada junto a su daga. El gran conquistador macedonio usa como guía militar y brújula cultural el libro fundacional de Occidente editado por uno de los más grandes filósofos porque en Homero encuentra el modelo de heroicidad a la que aspira y la justificación de sus conquistas.
Por su parte, Juan Miralles describe en su biografía cómo Hernán Cortés –aún antes de ser marqués– llevaba el palacio a cuestas. Después de derrocar Tenochtitlán, fue a Honduras para aplacar la rebelión de Cristóbal de Olid. Además de cientos de españoles y miles de indígenas, llevaba mayordomo, maestresalas, camarero, repostero, médico, músicos, botiller, pajes, halconeros, acróbatas, prestidigitadores y titiriteros; y para su servicio, vajillas de oro y de plata y una inmensa piara de puercos. Tal despropósito causó más complicaciones que beneficios y entorpeció su avance, de modo que cuando Cortés llegó a Honduras, la rebelión ya había sido sofocada y Olid asesinado.
El tercer acto corresponde al nuclear football que, desde tiempos de Eisenhower, acompaña siempre al presidente de Estados Unidos adonde quiera que vaya. Se trata del portafolio con los manuales y los códigos para detonar un ataque nuclear. Sí, porque qué sería del poder del hombre más poderoso de la Tierra si no tuviera siempre a la mano los códigos para destruir la Tierra.
Alejandro no carga con la Ilíada porque le guste leer en la cama sino porque Homero le presenta el modelo y la justificación de sus conquistas. Cortés no necesita vajillas de oro en las selvas yucatecas; las lleva porque encarnan la dignidad y el encumbramiento que cree merecer. Y el presidente estadounidense no piensa utilizar los códigos pero los necesita para mantener el orden político que descansa en la disuasión nuclear. Dicho con otras palabras, Alejandro legitima su poder en la cultura, la gloria y la estirpe de héroes, según lo deduce de la Ilíada. Cortés se legitima socialmente mediante el rango, la jerarquía y los honores conquistados a sangre y espada. El poder de Washington descansa en la paradoja estratégica de amenazar con una destrucción total, que precisamente sirve para evitarla.
El poder termina delatándose por aquello que debe llevar consigo porque siempre debe justificarse, aunque sea con un poema, una piara de cerdos o un maletín.
Imagen: GPT