En estos tiempos revueltos, estoy en busca de claridad.
Un intento por entender
qué sucede en el mundo,
qué decidimos como sociedad
y cómo vivimos en tanto personas.
Mi renuncia al ayuntamiento
El domingo fui elegido concejal al ayuntamiento municipal. Hoy presenté mi renuncia a la autoridad competente y le entregué esta comunicación a la persona indicada del CDU.
En principio no tengo ningún problema con cambiar de opinión. Puedo entender que durante la campaña hayan decidido dejar de considerarme candidato a vicealcalde [por no haberme afiliado al partido político]. Pero la falta de transparencia sí me decepcionó, precisamente porque la enfatizaste durante la campaña como un valor importante. La decisión no me fue comunicada ni de manera abierta, ni a tiempo, ni de forma adecuada.
Alguna vez me dijiste que una de tus fortalezas consiste en acercar a las personas. Precisamente por eso me resultó aún más decepcionante la situación con X. Eres entrenador de fútbol: esperaba una tarjeta amarilla tras su segundo foul Pero no. Ahí veo falta de liderazgo de tu parte porque liderar también significa marcar el tono dentro de un equipo y dejar claro cómo debe ser el trato entre sus miembros. Que él sea “directo” no justifica que se comunique de esa manera tan agresiva.
Te pedí en varias ocasiones que hablaras con él sobre el tema y que después me contaras cómo había transcurrido la conversación. Hasta hoy no he recibido respuesta. Por eso no sé ni siquiera si esa conversación tuvo lugar realmente ni, en dado caso, cómo se desarrolló. Tu silencio ha mermado de modo significativo la confianza que tenía en ti.
Mi breve experiencia en nuestro grupo del CDU me ha servido para entender mejor por qué tante gente pierde la confianza en los partidos establecidos y están en busca de alternativas. Si la transparencia, el respeto y la confianza no se viven internamente, no puede sorprender que hacia afuera también disminuya la confianza.
No puedo ni quiero atribuirle racismo a X. Sin embargo, la manera en que me trató me dejó —siendo yo el único extranjero— con la pregunta de si mi origen desempeñó algún papel. El hecho de que siquiera pueda surgir esa impresión ya es asunto delicado e “incompatible con los valores del CDU”, para usar sus propias palabras.
No quiero pasar los próximos años trabajando pro bono en un entorno en el que no percibo transparencia, respeto mutuo y confianza. Hoy he comunicado por escrito a la autoridad electoral que no aceptaré el cargo en el ayuntamiento para el que fui elegido.
Lo lamento porque estaba muy entusiasmado con colaborar y aportar algo positivo a Rosche y sus familias.
Gracias por el tiempo compartido durante la campaña y por nuestras conversaciones.
Hasta aquí la carta. En tiempos de bullies, hay que marcar límites. Podrá sonar pueril que le pida que intervenga con quien me atacó, pero dentro de una estructura política local me pareció la mejor opción. Propuse hablar yo directamente con él pero, como intuía, esta persona se prestó para hablar con él. También exigí una amonestación en público y que X se disculpara por ataques desmedidos e injustificados, pero se negó.
Esta tarde le dejé la carta en su casa y a las pocas horas no solo se apersonó en casa sino que entró hasta la puerta de mi oficina. ¡Tamaño atrevimiento! Me hizo encabronar, por lo que la conversación no fue agradable ni trajo nada positivo. No solo no se disculpó, sino que incluso le faltó poco para echarme en cara su silencio de las últimas dos semanas “porque las veces que te llamé estuvo ocupado y tú nunca te reportaste”. En fin… puerilidades, esas sí.
Hice mi mejor esfuerzo por contribuir con este pueblito pero, sin duda, no hubo entendimiento. Me pesa la sensación de haber intentado abrir una ventana hacia otras experiencias y otros mundos, sin encontrar demasiado interés al otro lado.
Un amigo me envió un pequeño texto de Derek Sivers. Es elocuente: si le dices “no” a algo es para decirle “sí” a otra cosa. Tal cual: ahora, a cosas más importantes…
Foto: soffiti dalle finestre
El mexicano rampante
Leí estos días una columna de opinión en The New York Times sobre el avance del AfD y la incapacidad de Friedrich SchMerz y del CDU para frenarlo. SchMerz llegó al gobierno diciendo precisamente que quería reducir su apoyo, pero vemos lo contrario. (Se apellida Merz pero Schmerz significa “dolor” porque el canciller es un dolor en los mismísimos…)
Una de las razones por las que me metí en política fue precisamente frenar el AfD. Decidí que no podía pasarme viendo lo que ocurría y quejándome de lo mal que están las cosas. Quería hacer algo. Soy candidato independiente al ayuntamiento, pero por razones de salud tomé la decisión pragmática de colaborar con el CDU, el partido fuerte en mi municipio.
Durante tres años me preparé leyendo, investigando, asesorándome, y entré con muchísima ilusión, a sabiendas de que el trabajo es pro bono.
Si bien he aprendido de esta experiencia, la decepción ha sido grande y terminé por entender en carne propia por qué crece y crece el AfD.
No voy a extrapolar a nivel federal lo que sucede en el insignificante pueblo de Rosche, pero sí detecto aquí patrones que reconozco cuando alejo el zoom.
Trabajé cuanto la salud me permitió hasta darme cuenta de que mis iniciativas no eran del todo bienvenidas: estaba bien hacer algunas cosas, pero no tener "demasiada" iniciativa; estaba bien traer ideas nuevas, pero no alterar la manera en que las cosas se habían hecho siempre. Absurdo, si se considera que el eslogan de la campaña es "Pensar a Rosche de nuevo".
El CDU habla de renovación, de nuevas generaciones con nuevas ideas. El problema de los nuevos que queremos fortalecer una alternativa democrática ante el avance del AfD es que llegamos con la desagradable costumbre de —precisamente— ser nuevos, de tener otras ideas, de plantear preguntas, proponer iniciativas diferentes.
Al poco recibí dos ataques semipúblicos de alguien del equipo. Descubrí cambios en lo acordado que me afectaban directamente y de los que nadie se había tomado siquiera la molestia de informarme. Esperaba un trato respetuoso entre quienes proyectábamos trabajar juntos los próximos seis años pero se evidenció una falta de liderazgo.
Me acordé de Albert Hirschman: cuando algo no funciona dentro de una organización, o intentas cambiarlas desde dentro (voice) o te vas (exit). Pues bien, me voy porque no quiero trabajar seis años gratuitamente en un grupo donde no encuentro respeto.
Me acordé entonces también de que Italo Calvino sufrió una tremenda desilusión en 1956. Al percibir que no podría renovar nada dentro de su partido, se alejó y empezó a escribir El barón rampante. Es la historia de Cosimo, un niño que se sube a vivir a los árboles después de una pelea absurda con su familia y decide no volver a poner los pies en el suelo.
Al ganar distancia —separándose sin desaparecer—, Cosimo parece que adivinó un punto intermedio entre los extremos de Hirschman: desde arriba siguió participando de los asuntos políticos de su comunidad.
En cuanto a mí, sigo pensando que vale la pena hacer política municipal, sigo preocupado por el AfD —que arrasó ayer en el estado vecino— y sigo convencido del potencial de este rincón de Alemania. Ahora debo encontrar a qué árbol me voy a subir.
¿Qué lleva consigo el poder?
Nadie sale de casa sin aquello que considera indispensable: hoy en día, el teléfono. Ahí llevamos nuestra vida. Pero tampoco los hombres más poderosos de la historia se atrevieron a tanto, pues ellos también llevan a todos lados algo irrenunciable.
Un muchacho adolescente que soñaba con ser Aquiles se fue a la guerra armado con una daga y un poema. No es cualquier poema sino justo el que canta la cólera de Aquiles, el héroe por excelencia. En efecto, Plutarco cuenta que Alejandro Magno llevaba siempre consigo una edición especial de la Ilíada que le preparó su tutor Aristóteles. Eran varios rollos de papiro, que guardaba en un cofrecillo del que se hizo tras su victoria en tierras persas. Lo guardaba bajo la almohada junto a su daga. El gran conquistador macedonio usa como guía militar y brújula cultural el libro fundacional de Occidente editado por uno de los más grandes filósofos porque en Homero encuentra el modelo de heroicidad a la que aspira y la justificación de sus conquistas.
Por su parte, Juan Miralles describe en su biografía cómo Hernán Cortés –aún antes de ser marqués– llevaba el palacio a cuestas. Después de derrocar Tenochtitlán, fue a Honduras para aplacar la rebelión de Cristóbal de Olid. Además de cientos de españoles y miles de indígenas, llevaba mayordomo, maestresalas, camarero, repostero, médico, músicos, botiller, pajes, halconeros, acróbatas, prestidigitadores y titiriteros; y para su servicio, vajillas de oro y de plata y una inmensa piara de puercos. Tal despropósito causó más complicaciones que beneficios y entorpeció su avance, de modo que cuando Cortés llegó a Honduras, la rebelión ya había sido sofocada y Olid asesinado.
El tercer acto corresponde al nuclear football que, desde tiempos de Eisenhower, acompaña siempre al presidente de Estados Unidos adonde quiera que vaya. Se trata del portafolio con los manuales y los códigos para detonar un ataque nuclear. Sí, porque qué sería del poder del hombre más poderoso de la Tierra si no tuviera siempre a la mano los códigos para destruir la Tierra.
Alejandro no carga con la Ilíada porque le guste leer en la cama sino porque Homero le presenta el modelo y la justificación de sus conquistas. Cortés no necesita vajillas de oro en las selvas yucatecas; las lleva porque encarnan la dignidad y el encumbramiento que cree merecer. Y el presidente estadounidense no piensa utilizar los códigos pero los necesita para mantener el orden político que descansa en la disuasión nuclear. Dicho con otras palabras, Alejandro legitima su poder en la cultura, la gloria y la estirpe de héroes, según lo deduce de la Ilíada. Cortés se legitima socialmente mediante el rango, la jerarquía y los honores conquistados a sangre y espada. El poder de Washington descansa en la paradoja estratégica de amenazar con una destrucción total, que precisamente sirve para evitarla.
El poder termina delatándose por aquello que debe llevar consigo porque siempre debe justificarse, aunque sea con un poema, una piara de cerdos o un maletín.
Imagen: GPT