En estos tiempos revueltos, estoy en busca de claridad.

Un intento por entender
qué sucede en el mundo,
qué decidimos como sociedad
y cómo vivimos en tanto personas.

 
Enrique G de la G Enrique G de la G

El mexicano rampante

Leí ​estos días un​a columna de opinión en The New York Times sobre el avance de​l AfD y la incapacidad de Friedrich ​SchMerz ​y de​l CDU para frenarl​o. ​SchMerz llegó al gobierno diciendo precisamente que quería reducir su apoyo​, pero vemos lo contrario. (Se apellida Merz pero Schmerz significa “dolor” porque el canciller es un dolor en los mismísimos…)

Una de las razones por las que me metí en política fue precisamente ​frenar el AfD. Decidí que no podía pasarme ​viendo​ lo que ocurría y ​quejándome de lo mal​ que están las cosas.​ Quería hacer algo. ​Soy ​candidato independiente​ al ayuntamiento, ​pero por razones de salud tomé la decisión pragmática de colaborar con el​ CDU, el partido fuerte en mi municipio.

​Durante tres años me preparé leyendo, investigando, asesorándome, y entré con​ muchísima ilusión​, a sabiendas de que el trabajo es pro bono.

​Si bien he aprendido de esta experiencia, la decepción ha sido grande y termin​é ​por entender en carne propia por qué ​crece y crece el AfD.

​No voy​ a extrapolar ​a nivel federal lo que sucede en ​el insignificante pueblo de Rosche​, pero sí detecto aquí patrones que reconozco cuando alejo el zoom.

​Trabajé cuanto la salud me permitió hasta darme cuenta de que ​mis iniciativa​s ​no era​n del todo bienvenida​s: estaba bien hacer algunas cosas​, pero no tener ​"demasiada" iniciativa; estaba bien traer ideas nuevas​, ​pero no alterar la manera en que las cosas se habían hecho siempre.​ Absurdo, si se considera que el eslogan de la campaña es "Pensar a Rosche de nuevo".

​El CDU​ habla de renovación​, de nuevas generaciones​ con nuevas ideas.​ El problema ​de ​los nuevos que queremos fortalecer una alternativa democrática ante el avance del AfD es que llegamos con la desagradable costumbre de​ —precisamente— ser nuev​os, de tener otras ideas, de plantear preguntas, proponer iniciativas diferentes.

Al poco recibí dos ataques semipúblicos de alguien ​del equipo. Descubr​í cambios ​en lo acordado que me afectaban directamente y de los que nadie se había tomado siquiera la molestia de informarme. ​Esperaba un trato respetuoso entre quienes proyectábamos trabajar juntos los próximos seis años pero se evidenció una falta de liderazgo.

​​Me acordé de Albert Hirschman: cuando algo no funciona dentro de una organización​, ​o intenta​s cambiarla​s desde​ dentro ​(voice​) o ​te va​s ​(exit​). Pues bien, me voy porque no quiero trabajar seis años gratuitamente en un grupo donde no encuentro respeto.

Me acordé entonces también de que Italo Calvino ​s​ufrió una tremenda desilusión en 1956.​ Al percibir que no podría renovar nada dentro de su partido, se alejó y empezó a escribir El barón rampante. Es la historia de Cosimo​, un niño que se sube a​ vivir a los árboles después de una pelea absurda con su familia y decide no volver a poner los pies en el suelo.

Al ganar distancia —separándose sin desaparecer—, ​Cosimo parece que adivinó un punto intermedio entre los extremos de Hirschman: desde arriba siguió participando de los asuntos políticos de su comunidad.

En cuanto a mí, sigo pensando que vale la pena hacer política municipal, sigo preocupado por el AfD —que arrasó ayer en el estado vecino— y sigo convencido del potencial ​de este rincón de Alemania.​ A​hora debo encontrar a qué árbol me voy a subir.

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Enrique G de la G Enrique G de la G

¿Qué lleva consigo el poder?

Nadie sale de casa sin aquello que considera indispensable: hoy en día, el teléfono. Ahí llevamos nuestra vida. Pero tampoco los hombres más poderosos de la historia se atrevieron a tanto, pues ellos también llevan a todos lados algo irrenunciable.

Un muchacho adolescente que soñaba con ser Aquiles se fue a la guerra armado con una daga y un poema. No es cualquier poema sino justo el que canta la cólera de Aquiles, el héroe por excelencia. En efecto, Plutarco cuenta que Alejandro Magno llevaba siempre consigo una edición especial de la Ilíada que le preparó su tutor Aristóteles. Eran varios rollos de papiro, que guardaba en un cofrecillo del que se hizo tras su victoria en tierras persas. Lo guardaba bajo la almohada junto a su daga. El gran conquistador macedonio usa como guía militar y brújula cultural el libro fundacional de Occidente editado por uno de los más grandes filósofos porque en Homero encuentra el modelo de heroicidad a la que aspira y la justificación de sus conquistas.

Por su parte, Juan Miralles describe en su biografía cómo Hernán Cortés –aún antes de ser marqués– llevaba el palacio a cuestas. Después de derrocar Tenochtitlán, fue a Honduras para aplacar la rebelión de Cristóbal de Olid. Además de cientos de españoles y miles de indígenas, llevaba mayordomo, maestresalas, camarero, repostero, médico, músicos, botiller, pajes, halconeros, acróbatas, prestidigitadores y titiriteros; y para su servicio, vajillas de oro y de plata y una inmensa piara de puercos. Tal despropósito causó más complicaciones que beneficios y entorpeció su avance, de modo que cuando Cortés llegó a Honduras, la rebelión ya había sido sofocada y Olid asesinado.

El tercer acto corresponde al nuclear football que, desde tiempos de Eisenhower, acompaña siempre al presidente de Estados Unidos adonde quiera que vaya. Se trata del portafolio con los manuales y los códigos para detonar un ataque nuclear. Sí, porque qué sería del poder del hombre más poderoso de la Tierra si no tuviera siempre a la mano los códigos para destruir la Tierra.

Alejandro no carga con la Ilíada porque le guste leer en la cama sino porque Homero le presenta el modelo y la justificación de sus conquistas. Cortés no necesita vajillas de oro en las selvas yucatecas; las lleva porque encarnan la dignidad y el encumbramiento que cree merecer. Y el presidente estadounidense no piensa utilizar los códigos pero los necesita para mantener el orden político que descansa en la disuasión nuclear. Dicho con otras palabras, Alejandro legitima su poder en la cultura, la gloria y la estirpe de héroes, según lo deduce de la Ilíada. Cortés se legitima socialmente mediante el rango, la jerarquía y los honores conquistados a sangre y espada. El poder de Washington descansa en la paradoja estratégica de amenazar con una destrucción total, que precisamente sirve para evitarla.

El poder termina delatándose por aquello que debe llevar consigo porque siempre debe justificarse, aunque sea con un poema, una piara de cerdos o un maletín.

Imagen: GPT

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