En estos tiempos revueltos, estoy en busca de claridad.
Un intento por entender
qué sucede en el mundo,
qué decidimos como sociedad
y cómo vivimos en tanto personas.
Cinco cosas buenas (vol. 6)
Cada domingo recojo cinco momentos, historias, detalles y cosas buenas de la vida que se me atravesaron en la semana. ¡Ojalá sirva de inspiración!
36 horas en Barcelona
Gracias a la flexibilidad del médico en jefe pude escaparme dos días del hospital para viajar a Barcelona.
Tuve medio día libre para pasear por la ciudad. Antes, Barcelona no me gustaba nada pero las últimas dos ocasiones me ha tratado muy bien. Y el hermano de Ronaldinho cuenta que la ciudad fue el factor decisivo para que firmara con el Barça en lugar del Manchester: es la ciudad ideal para los brasileños… ¡y veo que también para los mexicanos que llevamos décadas en Alemania!
No me fichó el Barça pero sí fue buena experiencia cambiar de aires y reemplazar esta topografía plana de Baja Sajonia por las montañas y el mar de Cataluña.
Mi primer rally político
Cuando viví en Tarifa tuve la idea de involucrarme en la política local. Por desgracia, aquello no prosperó. Hace tres años, ya con la nacionalidad española en mano, retomé la idea en Alemania. Hablé con personas que pudieran asesorarme, leí mucho, investigué en internet y… ¡me enfermé!
Mi idea era lanzarme para alcalde, siguiendo los pasos de Ryyan Alshebl, un refugiado sirio elegido alcalde de su pueblo en 2023. Pero por motivos de salud no fue viable, así que un amigo tomó la batuta –lo cual le agradezco– y yo quedé como candidato a vicealcalde.
Ayer tuvimos nuestra primera actividad de cara a las elecciones del 13 de septiembre. Fue mi primera experiencia pública como candidato político. Soy un candidato independiente, no pertenezco a ningún partido, pero me sumé a la boleta del CDU porque, también por motivos de salud, no me siento en condiciones de ir por mi cuenta.
No estoy solo: varios amigos hemos hablado sobre la situación global, que está de cabeza, y sobre el crecimiento del partido ultraderechista AfD. ¡Algo tenemos que hacer! Haré lo que pueda dentro de mis posibilidades para ganar y mejorar la vida de la comunidad en este pueblo donde, además de mis hijos y de mí, hay también una veracruzana.
Una odisea de Alfonso Reyes
En enero me invitó la Capilla Alfonsina a participar en una conversación sobre la traducción que hizo nuestro regiomontano universal, don Alfonso Reyes, de la Odisea. Fue un proyecto minucioso –una auténtica odisea– que le llevó varios años y que no pudo terminar.
Traduje los cuentos de los hermanos Grimm y los estoy revisando de cara a su pronta publicación. Don Alfonso decía que no sabía griego, así que no se atrevía a llamar a su trabajo “traducción” sino “traslado”, pues se apoyó en otras fuentes y porque su trabajo era más literario que filológico.
Me identifico del todo con su esfuerzo, que es el mismo que he venido haciendo con los cuentos de los Grimm: me importa más que el lector actual los lea y disfrute que la fidelidad inspeccionada con lupa del rigor filológico y académico. Podríamos discutir sobre la filosofía de la traducción, de si mi trabajo es una traducción, una adaptación, un traslado o qué diantres. Llámenlo como quieran: para mí es una traducción literaria pensada para el lector de hoy y de los próximos cien años.
Y para más devoción, conseguí la obra original de 1951, que don Alfonso intituló Aquiles agraviado. Me llegó esta semana y me tiene muy feliz.
La vida real
Estamos acostumbrados a ver la Estatua de la Libertad como un símbolo heroico recortado contra el cielo. Las redes sociales filtran la normalidad de la vida, nos seducen e inducen a pensar que lo real es la vida sin plataformas rojas, sin cables, sin callejones grises, para mostrarnos únicamente la estatua –la vida– convertida en perfección.
Me gustó esta foto porque me hizo pensar en la vida real, lo que está tras bambalinas y que ya no vemos: las dudas, los tropiezos, el trabajo repetitivo que sostiene cualquier vida humana en su cotidianidad. Porque incluso los personajes con mayor influencia tienen una vida tras bambalinas tan normal y baladí como nosotros.
Imagen: Lani
Made in W. Germany
Me sorprendió y dio gusto ver un objeto tan sencillo como este: una regla de madera. Según el sello, fue fabricada en Alemania Occidental, es decir, antes del 3 de octubre de 1990, fecha de la reunificación alemana, lo que significa que tiene más de 35 años de vida. Toda una biografía.
¡Qué fácil es deshacerse de los objetos baratos, cotidianos y de fácil reemplazo! En realidad, lo normal sería que los cuidemos hasta que no puedan servirnos más. Durante siglos, la relación normal con los objetos fue muy distinta: las cosas se reparaban, se heredaban y se seguían usando. Recuerdo que durante muchos años usé las dos reglas de cuando mi papá era estudiante.
Hoy, que domina la lógica del reemplazo, esta regla resiste al consumismo. No es que sea una regla antigua o valiosa. Pero sí representa aquella otra relación que tuvimos con el mundo material. Si pudiera hablar, contaría una historia mucho más interesante que la de cualquier regla nueva: quizá haya pasado por distintos propietarios, oficinas y escritorios atravesando la Guerra Fría, la caída del Muro y la reunificación alemana… sin dejar de medir sus treinta centímetros reglamentarios.
Cinco cosas buenas (vol. 5)
Cada domingo recojo cinco momentos, historias, detalles y cosas buenas de la vida que se me atravesaron en la semana. ¡Ojalá sirva de inspiración!
El niño y el sol
Viví un momento cinematográfico mientras esperaba en un semáforo. Había bajado la ventana frente a una gasolinera abandonada y de pronto vi a un pobre hombre, muy enjuto y encorvado, empujando una carriola. El niño que llevaba no tendría más de dos años. Era temprano por la mañana, el sol lanzaba sus rayos casi horizontalmente sobre la calle.
Me sorprendió el gesto adulto del niño: estiraba el brazo al máximo con la palma bien abierta. Los niños se tapan la cara con las manos, no extienden la mano para detener la luz sin dejar de mirar hacia adelante.
¡Qué contraste! El escenario decadente, el hombre alicaído y el niño tan brillante como el sol, hacia el que se dirigía decidido y con la cara en alto. Mientras el reflejo del sol me enceguecía en el espejo, sentí un rayo. Fue un instante de felicidad solar.
Imagen: GPT
Iam Tongi
El algoritmo me presentó el cover que hizo Iam Tongi de Monsters, una canción que no conocía. ¡Qué viaje! Me enganché durante dos horas viendo el video original de James Blunt, distintas versiones y la reacción de hombres fornidos y barbados conmovidos hasta las lágrimas. Tongi transforma la tristeza devastadora de James Blunt en algo tierno y filial.
Los versos definitivos son:
I am not your son, you are not my father.
We’re just two grown up men saying goodbye.
No need to forgive, no need to forget.
I know your mistakes and you know mine.
He reflexionado mucho sobre la muerte –la mía, la de mi hermano, otras que me han tocado– y ni con todos mis devaneos sesudos hubiera podido expresarlo con tanta claridad y acierto. En el momento de la muerte quedan suspendidos los roles familiares y las cuentas pendientes. Solo importa el hecho de haber coincidido en el amor.
Imagen: JSP Events
El origen de los gorilas
Aprendí algo nuevo: Hanón fue un navegante cartaginés del siglo V antes de Cristo. En un viaje a lo largo de la costa atlántica de África, llegó a una región donde avistó a unas mujeres cubiertas de pelo, agresivas, salvajes, imposibles de capturar. Los locales las llamaban gorilái.
No sabemos si eran mujeres, gorilas, chimpancés o qué clase de criaturas extrañas. Los marineros de Hanón mataron a tres y llevaron las pieles a Cartago. Plinio contaba, siglos después, que las pieles sobrevivieron a la conquista romana.
Desde hace 2500 años, los gorilas han sido criaturas mitológicas. Aunque el nombre designa desde 1847 al animal que conocemos, una de las grandes figuras mitológicas de la modernidad es King Kong. Ningún experto moderno ha logrado descifrar qué vieron realmente los hombres de Hanón.
Imagen: Jeff W. Jarrett/Shutterstock.com
Los impuestos de Jeff Bezos
Jeff Bezos no es santo de mi devoción pero menos lo es el fisco. Si tuviera que tomar partido, no dudaría en ponerme del lado de Bezos más que del cobrador de impuestos.
Esta semana, Bezos ofreció un argumento provocador sobre los impuestos: en Estados Unidos, el 1% de la población contribuye con un porcentaje inmenso de la recaudación fiscal, mientras que la mitad de abajo contribuye con un porcentaje mínimo (40% y 3%, respectivamente).
Bezos propone que la mitad más pobre no pague impuestos.
Imagen: CNBC
Dorothea Taylor
Descubrí a esta abuela septuagenaria que toca la batería incluso con cojines. Y suena bien. Yo apenas empiezo con mis primeros golpeteos y verla tocar me sacó una sonrisa. Hay algo luminoso en ver a alguien de su edad entregarse así al ritmo y a este instrumento de percusiones sin pedirle permiso a nadie. Y no soy el único: tiene más de un millón de seguidores en Instagram.
Imagen: Drummerszone
¿Quién tiene miedo a ganar?
Hace poco empecé a darme cuenta de algo extraño: el Opus Dei me educó en el miedo a ganar.
De niño, cuando ganábamos partidos de futbol, me quedaba con una sensación rara: no era la euforia de la victoria sino un mal sabor de boca. No habíamos hecho trampa, tampoco habíamos humillado al equipo contrario, el árbitro no había sido injusto… habíamos ganado bien y, sin embargo, algo me incomodaba.
No es que en el Opus Dei estuviera prohibido ser el número uno. Al contrario: se promovía la excelencia, sobre todo intelectual. Se nos decía que éramos la “aristocracia de la inteligencia”. Pero al mismo tiempo se nos insistía una y otra vez en que la soberbia es el pecado por excelencia, el pecado por el cual se perdieron Luzbel, Adán y Eva.
Por supuesto que nadie nos decía “Prohibido ser el mejor” o “Prohibido ganar”. El mensaje era sutil y por eso me tardé décadas en decodificarlo. Teníamos entre oreja y oreja algo difícil de reconciliar: destaca pero no te la creas demasiado; sé brillante pero no te pavonees; gana pero no disfrutes la victoria, no vaya a ser que se te suba la soberbia. Y todo esto con el fin de convertirte en “alfombra para que los demás pisen blando”.
En la licenciatura nos daba clases un profesor considerado brillante por haber fundado la propia universidad y ser una figura intelectual importante en el ámbito empresarial mexicano. Al hablar, tenía la peculiaridad de ir disparando partículas diminutas de saliva. Un amigo observó: “Es tan perfecto que escupe gotitas de saliva a propósito para mostrar que tiene algún defecto”. Me pareció absurdo aunque a veces sospechaba que tenía algo de razón.
El ejemplo es lo de menos, lo que importa es la lógica de fondo: no puedes ser tan bueno, ni tan brillante, ni tan perfecto. Mejor muestra siempre tus grietas y debilidades para que no se te suba la vanagloria y, así, des también buen ejemplo a los demás.
En quinto de primaria, el preceptor –un numerario del Opus Dei– me llamó y me dijo algo inolvidable, sobre todo porque lo sentí como un ataque salido de la nada: “No te vanaglories de tener las mejores calificaciones, apenas estás en quinto de primaria: esto no significa nada. Hay otros que son mejores que tú en tanto personas, como Fulanito”. Salí muy alterado porque había una recriminación injusta y cruel. Apenas ahora me doy cuenta de que estaba sembrando en mí la culpa por destacar, aunque solo fuese por las calificaciones de quinto de primaria de un colegio mexicano.
Esta lógica tuvo consecuencias amplias. Mirando hacia atrás, nuestra educación no nos impulsó a asumir riesgos, a conquistar triunfos o a llegar demasiado lejos.
¿Hay otros contextos donde se enseñe y eduque de manera parecida? Claramente no en la cultura de Estados Unidos, donde se le dan alas a los niños en lugar de cortárselas. Pero si eso hace el Opus de México, seguramente habrá otras familias donde los hijos aprenden a no eclipsar a nadie más, instituciones donde destacar provoque desaprobación y culturas enteras donde sobresalir demasiado resulte cuestionable.
Así fue como algunos desarrollamos la extraña habilidad de disminuirnos un poco, de ocultarnos otro poco y de perder un poquito a propósito porque ganar no dejaba de ser un riesgo mayor: vanagloriarnos, ensoberbecernos y, a la postre, perdernos. Porque por doloroso que sea perder, aunque se trate de un partido escolar de futbol, el precio de ganar podría ser perderse.
Imagen: Florian Hetz
Cinco cosas buenas (vol. 4)
Primera semana que no consigo escribir ningún día. Lo lamento pero he estado desbordado por el hospital.
Cada domingo recojo cinco momentos, historias, detalles y cosas buenas de la vida que se me atravesaron en la semana. ¡Ojalá sirva de inspiración!
Comunicación: tres puntos fundamentales
Estos días he tenido que hablar mucho con personas muy distintas: mi novia, el médico en jefe de la clínica, la terapeuta, mis hijos, burócratas, asesores, desconocidos en una boda, el mecánico y unas productoras. Conversaciones muy distintas también pero todas importantes de una u otra manera.
En este torbellino recordé una idea sobre la comunicación. Decía que antes de una conversación hay que tener claro tres cosas:
el mensaje que quieres que la otra persona reciba
cómo quieres que la otra persona se sienta al recibir tu mensaje
qué quieres que la otra persona haga después
Empecé a ponerlo en práctica de modo consciente porque casi siempre sabemos lo que queremos pero no tenemos claro lo que queremos provocar.
Sencillo. Fácil de recordar. Y útil.
Imagen: Laurent Castellani
Tallado en piedra
Parte de la terapia consiste en trabajar con materiales y elegí la piedra. Desde hace un par de años me interesa mucho la escultura. Hace un año probé la arcilla, que me encantó, pero sin horno se rompe en un dos por tres.
Así que ahora intento tallar piedra. Aunque ya tuve la frustración de que se me desquebrajara de pronto.
Recordé la historia del trozo gigante de mármol que estuvo durante décadas en Florencia por ser inservible: demasiado estrecho y estropeado por cincelazos anteriores. Pero cuando Miguel Ángel lo vio, vio en ese triángulo el espacio las piernas del David.
Esta primera experiencia me descubrió que, además de imaginación, la piedra demanda un formidable trabajo físico, trabajo que me va cambiando a mí también por dentro.
“Dubliners”, de Joyce
Hablando con una amiga sobre James Joyce, de pronto tuve un flashback: en septiembre del 2003 llegué a Berlín leyendo Dubliners. Era una edición de Penguin. Lo leía despacito porque me parecía difícil el inglés, un idioma que se me había oxidado en el DF.
Y cuando fui a ver el museo que junto al Checkpoint Charlie, al salir del metro me di cuenta de que había dejado el libro en el vagón. Poco después lo compré de nuevo en la librería Dussmann de Friedrichstraße y aquí lo tengo todavía. Anoté que me costó 2.50 euros, ¡cuando la vida era barata! , y está lleno de anotaciones.
Nunca lo acabé. Ya es tiempo de retomarlo.
El papá de Ian Buruma
Hace un año me enteré de que el papá de Ian Buruma estuvo en Berlín cuando los soviéticos capturaron la ciudad. Estaba ahí por ser prisionero y trabajador forzado y sucede que escribió muchas cartas sobre la vida cotidiana. Estos días me enteré de que su hijo ya publicó un libro –con base en esas y otras cartas– sobre Berlín durante la guerra. ¡Me urge leerlo!
En sus cartas, Leo Buruma cuenta escenas asombrosas, como cuando escuchó un concierto de la Filarmónica, bajo la batuta de Furtwangler, nada menos que en un teatro porque los Aliados habían destruido las óperas y salas de conciertos. Aquí hay una reseña.
Me imagino que esta obra será un complemento fascinante a las memorias anónimas de Una mujer en Berlín, uno de esos libros que jamás olvidaré.
La guerra arrasa con todo, incluso con los escalofríos que nos causan experiencias ajenas tantos años después.
Las contradicciones de la moto
Estas semanas me he desplazado mucho en moto de la casa al doctor, al hospital, a terapia… Son trayectos cortos pero, para mí, son de los mejores momentos del día. Me sirven para desconectar pero también para pensar, por contradictorio que pueda sonar.
Y aunque en el hospital he topado con muchos accidentados de moto, incluso con amputaciones, nada me gusta tanto como rodar en dos ruedas.
Los pilotos de carreras de GP dicen que es más fácil tener un accidente en la calle, donde vas confiado, que en una carrera donde vas concentrado al cien por ciento. Aunque aquí tampoco conviene confiarse demasiado en mayo, la temporada en que los cervatillos empiezan a moverse y aumentan los accidentes.
Quizá por eso me relaja la moto: me obliga a concentrarme en una cosa: en el camino. Entonces me relajo y entro en una especie de trance meditativo: tengo una sola cosa enfrente y no mil asuntos que malabarear al mismo tiempo, como en la vida diaria. Y entonces es justo cuando desconecto o puedo ver mis asuntos desde diferentes ópticas y con calma.
Foto: Mauricio Ceballos
Cinco cosas buenas (vol. 3)
Cada domingo recojo cinco momentos, historias, detalles y cosas buenas de la vida que se me atravesaron en la semana. ¡Ojalá sirva de inspiración!
Espacios de rehabilitación
El año pasado estuve hospitalizado dos meses por una enfermedad psicosomática. Después, he tenido un año de tratamiento y reposo en casa sin trabajar. Esta semana volví al hospital. Ya no se trata de una urgencia médica como hace un año, sino de un programa de rehabilitación. Me siento apenas al 40 o 50 por ciento y necesito recuperar la energía.
Estoy en Bad Bevensen, un pueblo adonde venía la gente de Hamburgo a descansar. En la cultura alemana, las poblaciones destinadas a fines terapéuticos –por la calidad del aire, por sus aguas termales, por su naturaleza benéfica– recibe el nombre de “Bad”. Algunas, como Baden-Baden, se han vuelto destinos de lujo; otras, como esta, son más discretas.
Los parques, las termas, los senderos, incluso los supermercados abiertos en domingo… todo en el pueblo gira en torno a la meta de recuperar la salud. Hay pacientes llegados de toda Alemania y de otros países europeos. Esto de retirarse a un sitio tranquilo para restablecer la salud es ajeno a nuestra cultura latina.
Y aquí estoy, por primera vez, esperanzado con que me pueda reintegrar pronto a la vida normal. No sé cuánto me vaya a llevar pero aquí cuento con recursoso inimaginables en otras geografías.
Hice mis primeros videos con Gemini
Esta semana descubrí y probé la posibilidad de hacer un video con Gemini, la inteligencia artificial de Google. A partir de una presentación de Slides, Gemini te puede producir un video, fácil de editar y personalizar. Bastan unas pocas slides para que Gemini produzca un video con voz, música, ritmo y transiciones.
Me inquietan tanto la calidad del producto como la simpleza del proceso. Hay voces para que un orador artificial tome el micrófono y se le pueden añadir elementos propios, como voces, videos, textos, imágenes y demás. Ya no hacen falta programas especializados ni edición ni equipo especializado. Bastan una laptop y un ratito.
La tecnología va más rápido que la evolución, por lo que el cerebro humano no termina de entender la dimensión de este cambio. La distancia entre idea y producto se acorta más y más. Y apenas empieza esta nueva era…
Camioneta personalizada
Hace unos meses expiró uno de los turbos de la camioneta. En lugar de llevarla al taller, como haría cualquier persona, se la llevé a un tipo que es mecánico por puro hobby y que está loco de obsesión por las Land Rover. La recomendación llegó a través de unos conocidos, a quienes les transformó su Disco 3 en vehículo de expedición. Después me enteré de que también les mete mano a Porsches y carros de carreras que corren en Nürburgring.
El personaje de esta pequeña historia es Torge.
Dicen que tiene más de diez Land Rovers, aunque no me consta. Lo que sí vi con mis propios ojos es su taller “de hobby”, que no le pide nada a uno profesional. Conoce cada tornillo y cada tuerca de las Land Rover. Y como es un perfeccionista, me dijo que no valía la pena cambiar solo el turbo averiado sino los dos, de una vez, y empezó a inspeccionar la camioneta con lupa. Por supuesto que le encontró otros achaques, desde corrosión en el chasis hasta una salpicadera que por lo visto pegaron –en lugar de montar– en el taller de hojalatería y pintura.
“Les meto mano a los coches a conciencia y con cariño”, me dijo ayer, “pero tengo un defecto: siempre pienso que los tendré listos rápido pero luego me clavo demasiado”. “Sí, cabrón, me di cuenta”, le respondí, porque me dejó varios meses sin camioneta. Luego me contó que también arregla motos y hasta avionetas. “Al final, todas las máquinas son casi iguales. Las diferencias entre una y otra son pequeñas si eres inteligente y los sabes ver”. Pensé que esa es toda una manera de ver la vida porque, en verdad, todos los problemas son casi iguales, solo con pequeñas diferencias.
El gran detalle fue que una placa personalizada en el motor y ¡en español!. Así es Torge.
Sorrentino, un filósofo audiovisual
Paolo Sorrentino es de mis directores de cine favoritos y ahora vi La grazia. Es una obra de arte en términos de fotografía: unas veces me sentía en un museo frente a un Caravaggio o un Rembrandt; en otros, dentro de un Magritte o en un tiempo suspendido.
Es una película sobre la gracia en todas sus acepciones: la elegancia, el encanto, la simpatía, el humor, la clemencia, el perdón y, por supuesto, el don de Dios.
Todas las formas de la gracia se van entretejiendo en los últimos meses del presidente. Debe decidir si firma –o no– una ley contraria a sus creencias personales y si concede el perdón –o no– a dos homicidas. Además, vive torturado porque difunta esposa era el amor de su vida pero le fue infiel cuarenta años atrás.
La gracia de Sorrentino consiste en crear atmósferas con imágenes, que sugieren estados de conciencia, que a su vez presentan dilemas, dudas, tropiezos, aciertos, cavilaciones. Ese es su arte, me parece. Y La grazia me gustó mucho justo por esto.
Un quiz australiano
Gary Champan publicó en los años noventa un libro muy popular con la teoría de que existen cinco maneras que utilizamos para expresar amor, y que una prevalece en cada uno de nosotros: algunos dan regalos, otros prestan atención, otros hacen elogios o comentarios positivos, otros más ofrecen cercanía física y los últimos resuelven problemas y son útiles.
Esta semana, una amiga me envió un quiz desarrollado por una compañía australiana que reinterpreta a Champan. Según dicen, esas cinco formas del amor se reducen a tres motoros de nuestra conducta: significado (reconocimiento y regalos), relación (atención y cercanía) y equidad (ayuda).
Los australianos, desplazan el foco de cómo amamos a qué necesitamos para sentirnos bien dentro de un grupo social. Y añaden dos elementos importantes, que se le escaparon a Champan: certeza y autonomía, es decir, la necesidad de seguridad y de libertad. En efecto, queremos independencia pero cercanía, estabilidad sin sofoco y reconocimiento sin control ajeno.
Aunque habrá que reflexionar e investigar más, por lo pronto el quiz me dejó pensando: ¿y si el amor no es una simple forma del afecto sino una estrategia para negociar nuestras necesidades más profundas? Todos queremos pertenecer a un grupo, sentirnos seguros y seguir siendo nosotros mismos.
Por qué no existe la cultura general
De los alumnos universitarios que he tenido en Alemania a lo largo del tiempo, ninguno ha sabido quién fue García Márquez. ¡Un escándalo! Tampoco han sido capaces de explicar qué es el dativo, a pesar de que lo emplea la lengua alemana. No han podido decir la capital de Bolivia. Ni tampoco les suena –y mucho menos han visto– Terminator. Según la noción clásica, saber de literatura, gramática, geografía y cine es parte de la cultura general.
¿Es “reprobable” su ignorancia? ¿O estoy “mal” yo por esperar ese tipo de conocimientos otrora “básicos”? ¿Acaso existe todavía la idea medieval del sabio universal, del hombre renacentista, de la Bildung del burgués alemán y del enciclopedismo ilustrado?
Pero no solo fueron los universitarios quienes me empujaron a reflexionar sobre esto. También las redes sociales, porque para el algoritmo del teléfono, el Louvre y Disneylandia tienen el mismo peso: están registrados de igual manera en Instagram y son iguales en la categoría de “creadores de contenido”. ¡Qué palabra más vacía! “Contenido”.
Baudrillard diría que no.
La cultura general funciona bajo el supuesto de que existe un conjunto de saberes en el marco de una cultura que son apreciados, valorados y jerarquizados, y que ese saber convierte a una persona en sabia. Baudrillard destruye este supuesto en Cultura y simulacro: ya no existe la Grecia antigua sino solo un conjunto de imágenes que el canon “oficial” ha fabricado; por lo tanto, no hay jerarquía ni distinción entre alta y baja cultura, pues todo opera con los mismos medios en un régimen de simulación. Dicho de otro modo, la supuesta cultura solo sirve para pintarle en la frente el signo de “culto” a la persona que simula serlo.
Gracias, Baudrillard. No desaparece mi decepción, aunque ahora entiendo mejor de dónde viene. Entiendo el diagnóstico, pues mi abuelo sembró en mí la ilusión –y la convicción y hasta la ambición– de amasar conocimiento, que ha sido siempre la moneda de mi vida.
La disolución de referentes en Baudrillard parece anunciar la proliferación de esferas en Sloterdijk. Él sostiene que solo existen esferas de conocimiento: el profesor puede tener una cultura general según el modelo clásico mientras que cada alumno tiene una cultura general propia de cada esfera que habita: la de los videojuegos, la de las novelas de fantasía, la del patinaje en hielo… Hemos quedado atomizados y desunidos.
Los mismos alumnos que no conocen a García Márquez, acaso dominen al detalle la genealogía, el universo y la mitología de sus videojuegos. Yo no. Y, para ser franco, tampoco me han interesado más allá del fenómeno de masas. Entonces, ¿el ignorante soy yo? ¿O simplemente estamos operando en esferas diferentes? Tal parece que las esferas ya no se tocan, que ya no hay un suelo común para conversar.
Pero, ¿alguna vez hubo tal suelo común? El conocimiento universal medieval era para Dios; el enciclopedismo no era para las mujeres; el campesino no tenía acceso a la Bildung burguesa. Quizá mi abuelo vivió bajo la falsa unidad de quienes ya estaban en un mismo nicho, porque García Márquez, el dativo, Terminator y la capital de Bolivia son un conjunto heterogéneo y artificial de datos arrojados a un suelo que nunca fue común.
Imagen: Baudrillard y Sloterdijk – GPT
Cinco cosas buenas (vol. 2)
Cada domingo recojo cinco momentos, historias, detalles y cosas buenas de la vida que se me atravesaron en la semana. ¡Ojalá sirva de inspiración!
Mi traducción de los cuentos de los hermanos Grimm
Recibí un mail importante desde Monterrey: ya entramos en la fase final de producción del libro con mis traducciones de todos los cuentos de los hermanos Grimm. Empecé a trabajar en esto a finales del 2021. Por desgracia, mi salud empezó a menguar en la primavera del 2022 y tocó fondo en la primavera del 2025, por lo que es casi un milagro que hayamos llegado a este momento.
Estoy muy agradecido con el apoyo que me han brindado el SNCA, la Sociedad Alemana de los Hermanos Grimm y a la Editorial Universitaria UANL. No imaginé que fueran a ser tan difíciles los procesos de traducción y búsqueda de editorial. Pero ya estamos llegando a esta meta.
No, no estoy satisfecho con la calidad de la traducción que se va a imprenta pero, como es bien sabido los libros se interrumpen, no se concluyen. También dicen que done is better than perfect, así que daré una nueva lectura a los 210 cuentos y mi visto bueno. Sé que seguiré trabajando en la traducción, para pulirla, y espero algún día de algún año sentirme de veras contento con el resultado y encontrar el modo de publicarla.
Imagen: Juan sin miedo en el interior del castillo por David Hockney (1969)
‘Pronto’ también es un sustantivo
A mi demediada edad me acabo de enterar de que ‘pronto’ también significa:
a. Una reacción repentina, como un arranque.
b. El ataque súbito de algún mal.
Imagen: GPT
Los tamaños del papel
Esta semana descubrí la elegancia matemática detrás de los tamaños del papel europeo. Aquí se corta el papel de acuerdo a un principio matemático específico. Se parte de un pliego rectangular llamado A0, que mide 1 metro cuadrado, y todos los tamaños sucesivos están definidos por esa misma proporción de 1 : √2 o, lo que es lo mismo, de 1 : 1.414.
Para visualizarlo: si el pliego A0 se corta a la mitad por el lado largo, se obtiene el tamaño A1, que a su vez da lugar al tamaño A2 si se corta por la mitad larga, y así sucesivamente.
La hermosura consiste en que este es el único rectángulo que mantiene la misma proporción cada vez que se corta en dos partes iguales por el lado largo.
Imagen: GPT
Aprender algo nuevo
Los doctores me insisten en que haga ejercicio. El año pasado no tenía energía para ello pero me enganché con el tenis. Peloteaba un poco de chavo, y me gustaba, pero nunca tomé clases ni realmente aprendí. Luego se atravesó el invierno, que para mí es mortal, así que hacía seis meses que no tocaba la raqueta.
La semana pasada, Kevin me vio caminando de regreso del club a mi casa, y se le antojó probar el tenis. Le presté una raqueta, fuimos a pelotear, y al día siguiente ya había comprado una raqueta y pagado su inscripción en el club. Ya tengo con quien entretenerme.
Quiero aprender a sacar bien, a medir el rebote de la pelota para posicionarme correctamente y a devolverla de derecha (curiosamente me siento cómodo y soy asertivo de revés). En la cancha te puedes sentir orgulloso si das un buen saque pero cuando te grabas y te ves, caes en cuenta de todo lo que estás haciendo mal. Y aunque no tenga esperanzas de llegar a ser un gra jugador por no haber aprendido a jugar en la infancia, me divierto mucho incluso solo. El tenis es una buena inversión de cara a la vejez.
Elecciones en Andalucía
Al obtener la nacionalidad española y por no vivir en España, se me permitió vincularme electoralmente a un municipio. Estoy inscrito en el padrón electoral CERA, que en España se llama censo electoral, y dado de alta en Cádiz, mi ciudad favorita.
El 17 de mayo se celebran elecciones en Andalucía para elegir el parlamento. Durante casi cuatro décadas estuvo en manos del PSOE (la izquierda) pero el PP (la derecha) tiene la mayoría absoluta desde el 2022. Estoy contento por haber votado este fin de semana; ya solo me queda echar mi voto al buzón.
¿Por qué importa el estrés postraumático?
Hay cientos de miles de niños en zonas de guerra que oyen y sienten las vibraciones de las bombas. Cada disparo, cada explosión va alterándolos hasta producir trauma en muchos de ellos. Entender mejor el trauma ayuda a comprender por qué es tan difícil romper, incluso desde una perspectiva biológica y hasta bioquímica, espirales de violencia transgeneracionales asentadas en comunidades.
La mayoría de las personas que viven un evento traumático logran recuperarse por cuenta propia con el paso del tiempo. Una minoría presenta síntomas persistentes, que pueden tratarse con ayuda psicológica: muchas mejoran con tratamiento, mientras otras desarrollan trastorno por estrés postraumático (TEPT), según la gravedad o intensidad del trauma y de factores personales. Condición para el diagnóstico de TEPT es que los síntomas interfieran de forma significativa en la vida cotidiana y que persistan más de un mes.
El estrés postraumático complejo (TEPT-C) se distingue del TEPT “clásico” cuando el trauma no proviene de un acontecimiento aislado sino de experiencias traumáticas repetitivas a lo largo del tiempo en contextos de los cuales no es posible escapar. Este es el diagnóstico que recibí en abril del año pasado. Desde entonces me he informado a fondo para comprenderlo mejor.
Para empezar, hay cambios biológicos y bioquímicos en el cuerpo: no son solo una adaptación momentánea sino que se convierten en el funcionamiento normal a largo plazo del sistema nervioso. El organismo se acostumbra a operar en estados de excepción, como la hipervigilancia, la tensión, el agotamiento, el retraimiento, etc.
En el TEPT-C, las experiencias traumáticas se viven a lo largo de años en etapas decisivas del desarrollo, como la infancia o la adolescencia. Esto significa que el cerebro y el sistema nervioso se desarrollan en este marco: desde el inicio están en modo de adaptación y supervivencia, por lo que no pueden procesar ni aprender a integrar la experiencia. De ahí surgen dificultades típicas en la regulación emocional, en la imagen de uno mismo y en las relaciones interpersonales.
Muchas personas afectadas funcionan durante mucho tiempo –incluso décadas– de manera aparentemente estable, por ejemplo en el trabajo o en la vida cotidiana, aunque no pocas veces con un gran esfuerzo interno. Los síntomas tienden a intensificarse cuando cambian las estructuras externas, cuando baja el nivel de activación o cuando dejan de funcionar los mecanismos de compensación; es decir, cuando el sistema ya no puede sostener ese modo extraordinario de adaptación.
Los síntomas físicos expresan una desregulación crónica del sistema nervioso autónomo. Los síntomas se presentan como estados de hiperactivación (inquietud, ansiedad, estado de alerta) o como estados de colapso (agotamiento intenso, retraimiento, vacío). También influyen recuerdos implícitos y reacciones corporales aprendidas.
Por lo tanto, la recuperación no consiste en volver a un equilibrio anterior, porque no lo hubo, sino en construir algo que nunca estuvo presente de forma estable: una regulación interna fiable.
Este proceso implica la reorganización del sistema nervioso, la integración de experiencias dolorosas y el aprendizaje de nuevos patrones emocionales y relacionales. Por eso, sanar requiere mucho tiempo. ¿Y cómo es posible una recuperación así en contextos como la guerra, donde los niños crecen –a veces incluso nacen– sin haber conocido nunca un estado de seguridad?
Foto: Ezz Zanoun/Al Jazeera
¿Qué puede enseñarle un suicida a las inteligencias artificiales?
En El suicida, Alfonso Reyes hace una reflexión filosófica sobre el suicidio. ¿Por qué se suicida la gente? Baraja tres posibilidades. En primer lugar, algunos enfermos se matan por impulso o perturbación, como otros comportamientos escapan al control de la vountad. En segundo lugar, a causa de un problema práctico de difícil resolución, como una deuda impagable.
La tercera es la más inquietante y la que nos importa: por una razón intelectual o filosófica. Como Sócrates, pues su muerte era evitable pero él la entendió como el culmen de su filosofía. Mutatis mutandis, es también el caso de Adán y Eva: caen al comer el fruto del árbol del conocimiento. De nuevo la razón intelectual: querían conocer y el conocimiento les costó el Paraíso. Conocer tiene un precio; a partir de cierto punto, la lucidez puede volverse inhabitable.
Pero, ¿no está mal encaminada una filosofía que conduzca al suicidio pues, a partir de cierto punto, el conocimiento puede volverse dañino y destructivo?
Salgo del texto porque Reyes me lleva a pensar en las inteligencias artificiales, verdaderas galaxias de conocimientos almacenados y algoritmizados que nos transforman (¿cómo nos transforman?).
Reyes sugiere que se investiguen a fondo las causas de cada suicidio, que se escriba a detalle toda la información posible y se haga disponible a perpetuidad. Quizá ese conocimiento minucioso del suicidio sirva para comprender los límites del ser humano.
El suicida no se deja arrastrar por la vida sino que encarna, hasta el extremo, esa dimensión humana, pues lo humano parece que, en parte, consiste en adoptar una posición activa ante la vida. La vida humana es evaluar y decidir.
El suicida evalúa y decide matarse, como el huésped que entrega la habitación de su hotel y se va. Sí, somos libres de irnos del hotel de la Tierra cuando queramos, aunque en realidad nos vamos de la vida, que nos pertenece, a diferencia del hotel. De la vida no nos vamos hasta que nos echen. Con una salvedad: el suicida se va de la vida como quien se va de un hotel. No espera a que lo echen.
Interroguemos el suicidio, propone Reyes, no porque la muerte vaya a dar respuestas sino porque ofrece la posibilidad de un pensamiento abierto.
Y yo pregunto: ¿qué puede enseñarle el suicida a las inteligencias artificiales? ¿Qué puede aprender de estos límites un sistema de conocimiento que no vive?
Imagen: GPT
¿Por qué Trump?
Hay de dos sopas: o Trump ha causado al menos en parte el actual desequilibrio mundial, o, por el contrario, es el producto de un largo proceso histórico que era inevitable y que da la casualidad que el personaje se llama Trump pero bien pudo haber sido otra persona.
Según la primera opción, el mundo estaba más o menos en orden y tuvo que llegar Trump para ponerlo de cabeza porque es un caprichoso, es un hípernacionalista y un abusivo. Esa es una posibilidad real pues esto que he dicho sobre él parece ser verdad. Si Kamala Harris u otro candidato republicano hubiera llegado a la presidencia, no estaría la situación geopolítica tan desestabilizada como está ahora.
Según la segunda opción, los procesos históricos son más grandes que nosotros, los individuos, así como la naturaleza es más poderosa que nosotros; y aunque hay supervivientes de catástrofes naturales, por lo regular se impone la naturaleza. De manera análoga, la historia se impone en términos generales, si bien a veces surgen figuras que logran escaparse de su torrente para reencauzarlo. Así pues, si observamos la creciente acumulación de poder del presidente de Estados Unidos, su creciente desdén por el Congreso y los acuerdos e instituciones internacionales, y si analizamos la tendencia de las últimas décadas, ya desde Reagan se veía venir algo como lo que estamos viviendo.
La pregunta parece ser idéntica a la pregunta por el huevo o la gallina, es decir, depende de qué perspectiva se tome, se puede responder correctamente de una u otra manera: cada perspectiva explica distintos aspectos.
No solo la naturaleza y la historia son más grandes que nosotros sino también las instituciones. Por eso debemos cuidarlas, pues el día en que falte la sensatez presidencial, ahí seguirán las instituciones –normas, procesos, asociaciones– que orienten el actuar. Pero si llega alguien como Trump, que cancela acuerdos y erosiona las instituciones, ese individuo desarticula los marcos que lo contienen y actúa como si estuviera por encima de la historia y de las instituciones. La historia es celosa y raramente da la razón a tales individuos.
Más allá de las dos sopas –Trump como causa o como efecto–, lo importante es salvaguardar las instituciones, no porque sean perfectas sino porque trascienden nuestras vidas personales.
Imagen: GPT
Cinco cosas buenas (vol. 1)
Los domingos voy a recoger cinco momentos, historias, detalles y cosas buenas de la vida que se me atravesaron en la semana. ¡Ojalá sirva de inspiración!
Colores de Suecia
Mi amiga Nieves dejó hace varios años la vida y la movida madrileñas para mudarse a un pueblo en el corazón de Suecia. Trabaja ahí como arquitecta. Y como la vida rural se lleva a otro ritmo en Escandinavia al de las grandes ciudades, ha tenido tiempo para explorar su lado artístico: empezó a tocar la flauta, después a tejer y pinta desde hace cosa de un año.
Me encanta el lenguaje visual de su obra abstracta. Pinta al óleo sobre papel con textura de lienzo. Y esta semana me regaló esta obra, que tanto me gustó cuando la vi en su Instagram. ¡Gracias, Nieves!
Veo un paisaje extendido en el tiempo: la textura del fondo recibió primero los tonos oscuros, que luego dieron paso a otras tonalidades. Pero son los estallidos de verde y las interrupciones amarillas las que me atraparon la mirada. Me podría poner a meditar observando cada detalle durante horas sin parar. Y me quedo pensando cuánto verdor tan equilibrado cabe en 50 centímetros cuadrados.
Lloyd Alter in da house
Hoy vino a comer a casa mi amigo Lloyd Alter, arquitecto, profesor de arquitectura y periodista de Toronto. Fue el editor fundador de TreeHugger. Hoy escribe sobre todo en Upfront Carbony es uno de los grandes expertos en hábitat pasivo.
Mañana estará en Berlín para dictar una conferencia sobre su propuesta principal: la frugalidad como estilo de vida y como estrategia para regular y adaptarnos al cambio climático. Si no sabes cuánto carbono se esconde detrás de una hamburguesa, una familia o un edificio, tienes que leer su libro.
Nos sentamos en el jardín a hablar sobre temas de ecología. Por ejemplo, sobre cómo las redes de calor urbanas que funcionan con etanol, como la que quieren instalar en mi comunidad, en realidad son un gran subsidio para los agricultores. Después de escuchar sus argumentos, me quedó claro que es una hoja de higuera porque no parece un sistema más ecológico que la calefacción casera.
Siempre es un gusto reunirse con y escuchar a expertos apasionados en lo que hacen.
División de la Iglesia y el Estado in extremis
En septiembre de 1944, un bombardero cayó al mar cerca de la isla japonesa de Chichijima. Los japoneses no solo aprehendieron a la tripulación, sino que también los torturaron, asesinaron y hasta se los comieron al más puro estilo caníbal. Solo logró escapar el piloto, un veinteañero de nombre George Bush, a quien rescató un submarino estadunidense.
Muchas décadas después, en el contexto de su campaña presidencial, le preguntaron sobre qué cosas había pensado durante las horas que permaneció en alta mar, Bush respondió:
“I thought about Mother and Dad and the strength I got from them — and God and faith, and the separation of Church and State”.
Cuatro empleos para ganar madera
Leyendo Train Dreams, aprendí cómo era la industria maderera hace cien años: el sawyer derribaba el árbol; el limber retiraba las ramas hasta dejar el tronco despejado; el bucker lo cortaba en trozos manejables de seis metros; y el choker los subía y fijaba al camión que llevaba la carga al aserradero.
Nunca había pensado en la subdivisión de los empleos forestales. Pero, ¿y eso cómo se traduce al español?
La tradición forestal anglosajona ha sido diferente a la nuestra, así que no todos tienen equivalentes –dicho de otra manera más cruda, aquí los leñadores eran multiusos–, además de que hoy todo se hace con maquinaria pesada. Pero, eso sí: las máquins conservan los nombres originales en inglés o se han adaptado, como leñador o motosierrista, desramador, tronzero y el enganchador o estrobero, además de grúas y otras más.
Centenario de calidad
Vendí un centenario de oro en una operación surrealista y divertida. El comprador dudaba mucho de la autenticidad de la pieza, a pesar de que todos los valores estaban en orden y la factura, tan solo prque su aparato le marcaba un valor magnético positivo (el oro es diamagético, es decir, no es magnético) del 0.02%.
Terminó llamando a la fábrica que produce esos medidores de susceptibilidad magnética y alcancé a escuchar la respuesta a grito pelado, a pesar de no tenía el altavoz activado: “¡Es normal! El centenario mexicano tiene una cantidad ínfima de hierro, eso lo explica. ¡Es una moneda excelente, cómprela!”.
Me sentí orgulloso de nuestro centenario y triste de tener que dejarlo ir. Le pedí que no fuera a fundirlo porque se lo compraré a la primera oportunidad.
¿Para qué otro blog?
En estos días y en este mundo tan revuelto, tan confuso e imprevisible, necesito detenerme más a menudo y con más ahínco que antes para reflexionar. Intento entender qué está sucediendo en el mundo, qué nos está pasando como sociedad y cómo van cambiando nuestras vidas.
Por un lado, estamos volviendo a la luna como un punto intermedio para alcanzar Marte, mientras devastamos el planeta Tierra. Redefinimos la vida, rediseñamos y hasta creamos nuevos seres, y tenemos contenida la energía suficiente para borrarnos del planeta. Nunca antes habíamos llegado tan lejos ni visto tantas especies animales y vegetales, pero tampoco nunca antes había tantas especies extintas o en riesgo de desaparecer, ni tampoco zonas geográficas transformándose con la celeridad actual. Somos guardianes y verdugos de lo propio y lo ajeno, y engreídos ante la infinitud y complejidad del universo, que no cesa de maravillarnos.
Por otro lado, la inteligencia artificial está reconfigurando el trabajo intelectual tal como lo conocemos, así como las máquinas de la revolución industrial hicieron desaparecer tantas profesiones hace dos siglos. Hoy, parece que la salvación laboral para muchos será trabajar con las manos: más quiroprácticos, plomeros y enterradores que mercadólogos, escritores de código y personal de recursos humanos.
También, el desmoronamiento de la pax americana parece estarle dando pie a antiguos sueños imperialistas, en lo político, y en lo económico le está dando la oportunidad a China de plantarse como la nueva potencia mundial. ¿Deberíamos enseñarles chino a nuestros hijos o posponemos la tarea para que ellos lo hagan con los suyos? Lo que oí a finales de los noventa sobre la preeminencia china parece una realidad magnificada por la lupa de la historia.
En el plano de la vida, estamos empezando a entender el cerebro humano, con lo que cada vez entendemos mejor sus aflicciones. Además, el traslape entre la realidad real y la realidad virtual –incluida, de nuevo, la inteligencia artificial– siembra la duda de quiénes somos y si seguiremos siendo como habíamos venido siendo desde de los faraones egipcios, Moisés y la guerra de Troya.
Según Kant, solo había tres temas sobre los cuales pensar: Dios, el mundo y el alma. Para corregirle la triada, en este blog me propongo escribir una observación cada día sobre el mundo, la sociedad y la vida. Me gustaría que llegara a ser un diálogo con quienes me lean, así que responderé a todos los comentarios que se hagan aquí y por las redes sociales.
¡Pásenle a leer, bienvenidos!
Foto: Natasja Madsen