¿Quién tiene miedo a ganar?

Hace poco empecé a darme cuenta de algo extraño: el Opus Dei me educó en el miedo a ganar.

De niño, cuando ganábamos partidos de futbol, me quedaba con una sensación rara: no era la euforia de la victoria sino un mal sabor de boca. No habíamos hecho trampa, tampoco habíamos humillado al equipo contrario, el árbitro no había sido injusto… habíamos ganado bien y, sin embargo, algo me incomodaba.

No es que en el Opus Dei estuviera prohibido ser el número uno. Al contrario: se promovía la excelencia, sobre todo intelectual. Se nos decía que éramos la “aristocracia de la inteligencia”. Pero al mismo tiempo se nos insistía una y otra vez en que la soberbia es el pecado por excelencia, el pecado por el cual se perdieron Luzbel, Adán y Eva.

Por supuesto que nadie nos decía “Prohibido ser el mejor” o “Prohibido ganar”. El mensaje era sutil y por eso me tardé décadas en decodificarlo. Teníamos entre oreja y oreja algo difícil de reconciliar: destaca pero no te la creas demasiado; sé brillante pero no te pavonees; gana pero no disfrutes la victoria, no vaya a ser que se te suba la soberbia. Y todo esto con el fin de convertirte en “alfombra para que los demás pisen blando”.

En la licenciatura nos daba clases un profesor considerado brillante por haber fundado la propia universidad y ser una figura intelectual importante en el ámbito empresarial mexicano. Al hablar, tenía la peculiaridad de ir disparando partículas diminutas de saliva. Un amigo observó: “Es tan perfecto que escupe gotitas de saliva a propósito para mostrar que tiene algún defecto”. Me pareció absurdo aunque a veces sospechaba que tenía algo de razón.

El ejemplo es lo de menos, lo que importa es la lógica de fondo: no puedes ser tan bueno, ni tan brillante, ni tan perfecto. Mejor muestra siempre tus grietas y debilidades para que no se te suba la vanagloria y, así, des también buen ejemplo a los demás.

En quinto de primaria, el preceptor –un numerario del Opus Dei– me llamó y me dijo algo inolvidable, sobre todo porque lo sentí como un ataque salido de la nada: “No te vanaglories de tener las mejores calificaciones, apenas estás en quinto de primaria: esto no significa nada. Hay otros que son mejores que tú en tanto personas, como Fulanito”. Salí muy alterado porque había una recriminación injusta y cruel. Apenas ahora me doy cuenta de que estaba sembrando en mí la culpa por destacar, aunque solo fuese por las calificaciones de quinto de primaria de un colegio mexicano.

Esta lógica tuvo consecuencias amplias. Mirando hacia atrás, nuestra educación no nos impulsó a asumir riesgos, a conquistar triunfos o a llegar demasiado lejos.

¿Hay otros contextos donde se enseñe y eduque de manera parecida? Claramente no en la cultura de Estados Unidos, donde se le dan alas a los niños en lugar de cortárselas. Pero si eso hace el Opus de México, seguramente habrá otras familias donde los hijos aprenden a no eclipsar a nadie más, instituciones donde destacar provoque desaprobación y culturas enteras donde sobresalir demasiado resulte cuestionable.

Así fue como algunos desarrollamos la extraña habilidad de disminuirnos un poco, de ocultarnos otro poco y de perder un poquito a propósito porque ganar no dejaba de ser un riesgo mayor: vanagloriarnos, ensoberbecernos y, a la postre, perdernos. Porque por doloroso que sea perder, aunque se trate de un partido escolar de futbol, el precio de ganar podría ser perderse.

Imagen: Florian Hetz

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