En estos tiempos revueltos, estoy en busca de claridad.

Un intento por entender
qué sucede en el mundo,
qué decidimos como sociedad
y cómo vivimos en tanto personas.

 
Enrique G de la G Enrique G de la G

¿Quién tiene miedo a ganar?

Hace poco empecé a darme cuenta de algo extraño: el Opus Dei me educó en el miedo a ganar.

De niño, cuando ganábamos partidos de futbol, me quedaba con una sensación rara: no era la euforia de la victoria sino un mal sabor de boca. No habíamos hecho trampa, tampoco habíamos humillado al equipo contrario, el árbitro no había sido injusto… habíamos ganado bien y, sin embargo, algo me incomodaba.

No es que en el Opus Dei estuviera prohibido ser el número uno. Al contrario: se promovía la excelencia, sobre todo intelectual. Se nos decía que éramos la “aristocracia de la inteligencia”. Pero al mismo tiempo se nos insistía una y otra vez en que la soberbia es el pecado por excelencia, el pecado por el cual se perdieron Luzbel, Adán y Eva.

Por supuesto que nadie nos decía “Prohibido ser el mejor” o “Prohibido ganar”. El mensaje era sutil y por eso me tardé décadas en decodificarlo. Teníamos entre oreja y oreja algo difícil de reconciliar: destaca pero no te la creas demasiado; sé brillante pero no te pavonees; gana pero no disfrutes la victoria, no vaya a ser que se te suba la soberbia. Y todo esto con el fin de convertirte en “alfombra para que los demás pisen blando”.

En la licenciatura nos daba clases un profesor considerado brillante por haber fundado la propia universidad y ser una figura intelectual importante en el ámbito empresarial mexicano. Al hablar, tenía la peculiaridad de ir disparando partículas diminutas de saliva. Un amigo observó: “Es tan perfecto que escupe gotitas de saliva a propósito para mostrar que tiene algún defecto”. Me pareció absurdo aunque a veces sospechaba que tenía algo de razón.

El ejemplo es lo de menos, lo que importa es la lógica de fondo: no puedes ser tan bueno, ni tan brillante, ni tan perfecto. Mejor muestra siempre tus grietas y debilidades para que no se te suba la vanagloria y, así, des también buen ejemplo a los demás.

En quinto de primaria, el preceptor –un numerario del Opus Dei– me llamó y me dijo algo inolvidable, sobre todo porque lo sentí como un ataque salido de la nada: “No te vanaglories de tener las mejores calificaciones, apenas estás en quinto de primaria: esto no significa nada. Hay otros que son mejores que tú en tanto personas, como Fulanito”. Salí muy alterado porque había una recriminación injusta y cruel. Apenas ahora me doy cuenta de que estaba sembrando en mí la culpa por destacar, aunque solo fuese por las calificaciones de quinto de primaria de un colegio mexicano.

Esta lógica tuvo consecuencias amplias. Mirando hacia atrás, nuestra educación no nos impulsó a asumir riesgos, a conquistar triunfos o a llegar demasiado lejos.

¿Hay otros contextos donde se enseñe y eduque de manera parecida? Claramente no en la cultura de Estados Unidos, donde se le dan alas a los niños en lugar de cortárselas. Pero si eso hace el Opus de México, seguramente habrá otras familias donde los hijos aprenden a no eclipsar a nadie más, instituciones donde destacar provoque desaprobación y culturas enteras donde sobresalir demasiado resulte cuestionable.

Así fue como algunos desarrollamos la extraña habilidad de disminuirnos un poco, de ocultarnos otro poco y de perder un poquito a propósito porque ganar no dejaba de ser un riesgo mayor: vanagloriarnos, ensoberbecernos y, a la postre, perdernos. Porque por doloroso que sea perder, aunque se trate de un partido escolar de futbol, el precio de ganar podría ser perderse.

Imagen: Florian Hetz

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¿Por qué importa el estrés postraumático?

 

Hay cientos de miles de niños en zonas de guerra que oyen y sienten las vibraciones de las bombas. Cada disparo, cada explosión va alterándolos hasta producir trauma en muchos de ellos. Entender mejor el trauma ayuda a comprender por qué es tan difícil romper, incluso desde una perspectiva biológica y hasta bioquímica, espirales de violencia transgeneracionales asentadas en comunidades.

La mayoría de las personas que viven un evento traumático logran recuperarse por cuenta propia con el paso del tiempo. Una minoría presenta síntomas persistentes, que pueden tratarse con ayuda psicológica: muchas mejoran con tratamiento, mientras otras desarrollan trastorno por estrés postraumático (TEPT), según la gravedad o intensidad del trauma y de factores personales. Condición para el diagnóstico de TEPT es que los síntomas interfieran de forma significativa en la vida cotidiana y que persistan más de un mes.

El estrés postraumático complejo (TEPT-C) se distingue del TEPT “clásico” cuando el trauma no proviene de un acontecimiento aislado sino de experiencias traumáticas repetitivas a lo largo del tiempo en contextos de los cuales no es posible escapar. Este es el diagnóstico que recibí en abril del año pasado. Desde entonces me he informado a fondo para comprenderlo mejor.

Para empezar, hay cambios biológicos y bioquímicos en el cuerpo: no son solo una adaptación momentánea sino que se convierten en el funcionamiento normal a largo plazo del sistema nervioso. El organismo se acostumbra a operar en estados de excepción, como la hipervigilancia, la tensión, el agotamiento, el retraimiento, etc.

En el TEPT-C, las experiencias traumáticas se viven a lo largo de años en etapas decisivas del desarrollo, como la infancia o la adolescencia. Esto significa que el cerebro y el sistema nervioso se desarrollan en este marco: desde el inicio están en modo de adaptación y supervivencia, por lo que no pueden procesar ni aprender a integrar la experiencia. De ahí surgen dificultades típicas en la regulación emocional, en la imagen de uno mismo y en las relaciones interpersonales.

Muchas personas afectadas funcionan durante mucho tiempo –incluso décadas– de manera aparentemente estable, por ejemplo en el trabajo o en la vida cotidiana, aunque no pocas veces con un gran esfuerzo interno. Los síntomas tienden a intensificarse cuando cambian las estructuras externas, cuando baja el nivel de activación o cuando dejan de funcionar los mecanismos de compensación; es decir, cuando el sistema ya no puede sostener ese modo extraordinario de adaptación.

Los síntomas físicos expresan una desregulación crónica del sistema nervioso autónomo. Los síntomas se presentan como estados de hiperactivación (inquietud, ansiedad, estado de alerta) o como estados de colapso (agotamiento intenso, retraimiento, vacío). También influyen recuerdos implícitos y reacciones corporales aprendidas.

Por lo tanto, la recuperación no consiste en volver a un equilibrio anterior, porque no lo hubo, sino en construir algo que nunca estuvo presente de forma estable: una regulación interna fiable.

Este proceso implica la reorganización del sistema nervioso, la integración de experiencias dolorosas y el aprendizaje de nuevos patrones emocionales y relacionales. Por eso, sanar requiere mucho tiempo. ¿Y cómo es posible una recuperación así en contextos como la guerra, donde los niños crecen –a veces incluso nacen– sin haber conocido nunca un estado de seguridad?

Foto: Ezz Zanoun/Al Jazeera

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Enrique G de la G Enrique G de la G

¿Para qué otro blog?

En estos días y en este mundo tan revuelto, tan confuso e imprevisible, necesito detenerme más a menudo y con más ahínco que antes para reflexionar. Intento entender qué está sucediendo en el mundo, qué nos está pasando como sociedad y cómo van cambiando nuestras vidas.

Por un lado, estamos volviendo a la luna como un punto intermedio para alcanzar Marte, mientras devastamos el planeta Tierra. Redefinimos la vida, rediseñamos y hasta creamos nuevos seres, y tenemos contenida la energía suficiente para borrarnos del planeta. Nunca antes habíamos llegado tan lejos ni visto tantas especies animales y vegetales, pero tampoco nunca antes había tantas especies extintas o en riesgo de desaparecer, ni tampoco zonas geográficas transformándose con la celeridad actual. Somos guardianes y verdugos de lo propio y lo ajeno, y engreídos ante la infinitud y complejidad del universo, que no cesa de maravillarnos.

Por otro lado, la inteligencia artificial está reconfigurando el trabajo intelectual tal como lo conocemos, así como las máquinas de la revolución industrial hicieron desaparecer tantas profesiones hace dos siglos. Hoy, parece que la salvación laboral para muchos será trabajar con las manos: más quiroprácticos, plomeros y enterradores que mercadólogos, escritores de código y personal de recursos humanos.

También, el desmoronamiento de la pax americana parece estarle dando pie a antiguos sueños imperialistas, en lo político, y en lo económico le está dando la oportunidad a China de plantarse como la nueva potencia mundial. ¿Deberíamos enseñarles chino a nuestros hijos o posponemos la tarea para que ellos lo hagan con los suyos? Lo que oí a finales de los noventa sobre la preeminencia china parece una realidad magnificada por la lupa de la historia.

En el plano de la vida, estamos empezando a entender el cerebro humano, con lo que cada vez entendemos mejor sus aflicciones. Además, el traslape entre la realidad real y la realidad virtual –incluida, de nuevo, la inteligencia artificial– siembra la duda de quiénes somos y si seguiremos siendo como habíamos venido siendo desde de los faraones egipcios, Moisés y la guerra de Troya.

Según Kant, solo había tres temas sobre los cuales pensar: Dios, el mundo y el alma. Para corregirle la triada, en este blog me propongo escribir una observación cada día sobre el mundo, la sociedad y la vida. Me gustaría que llegara a ser un diálogo con quienes me lean, así que responderé a todos los comentarios que se hagan aquí y por las redes sociales.

¡Pásenle a leer, bienvenidos!

Foto: Natasja Madsen

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