¿Distraerse es una falta moral?

Hoy aprendí que el cerebro tiene un modo llamado red neuronal predeterminada, que se activa cuando dejas de poner atención al exterior. Es responsable de que se nos atraviesen pensamientos espontáneos e involuntarios. Es imposible detener este proceso por ser una actividad cerebral basal. Lo cual me lleva a esa frase de Santa Teresa de Ávila: “La imaginación es la loca de la casa”. Sucede que Teresa era una mística, no una neurocientífica.

Durante mis años en la secta del Opus Dei se me enseñó que había que orar, rezar, hablar con Dios a diario. Pasábamos unas dos horas rezando en el oratorio o con los demás de la residencia. Y como casi siempre estaba uno en silencio ocupado consigo mismo, con Dios, con los propios pensamientos, se activaba la red neuronal por defecto y empezaban las distracciones.

En el Opus, distraerse en la oración equivale a dejarse llevar por la loca de la casa, a no rezar bien. No lo consideran pecado pero sí una falta que confesábamos y reportábamos. Durante doce años confesé y rendí cuentas –casi semanalmente– de haberme distraído en la oración. No es que estuviera pensando en rosarios metidos en el calzón de una mujer, era cualquier ocurrencia involuntaria del momento: el rutilar de los candelabros, un olvido repentinamente recordado, algún pendiente…

Le decía hoy a la terapeuta que, aunque ya pasaron veinte años de mi salida de esa secta y lo había venido notando el último año desde que empecé a meditar, apenas hoy cobro plena conciencia de cómo me hacían sentir culpable, me hacían creer que era un “no tan buen cristiano”, no tan buen numerario, una coladera que dejaba que se fuera en vano la gracia que Dios arrojaba sobre mí. Estoy en shock.

Imagínate a un adolescente de trece o quince años al que le dicen: “Debes hablar con Dios”. Él lo intenta y, en lugar de celebrarlo, se le hace ver que lo puede hacer mejor, que no está bien dejarse llevar por recuerdos, canciones, deseos, preocupaciones que aparecieron como nubes en el cielo de la mente. Él concluye que no está rezando bien, se confiesa ante el sacerdote, lo cuenta en la dirección espiritual, lo vuelve a intentar, y así durante años…

Qué tan perverso debes ser para moralizar (¡hípermoralizar!) una función natural del cuerpo y una actividad mental normal. Convirtieron una experiencia humana universal en un motivo perenne de culpa. Así opera la secta: utilizan esas distracciones como prueba constante de tu insuficiencia espiritual.

Foto: wppixxieww

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