En estos tiempos revueltos, estoy en busca de claridad.
Un intento por entender
qué sucede en el mundo,
qué decidimos como sociedad
y cómo vivimos en tanto personas.
¿Por qué necesitamos todavía a Odiseo?
Siglo XXI, tiempos primigenios de la inteligencia artificial y… Christopher Nolan está por sacar una película sobre la Odisea. ¿Por qué le importa volver a Odiseo en plena revolución de la inteligencia artificial? ¿Acaso piensa que un poema de hace unos tres mil años puede decirnos todavía algo?
En el siglo VIII a.C., Homero fijó por escrito las aventuras por las que atravesó Odiseo en su vuelta a casa después de la guerra de Troya. La Odisea es la historia de un hombre que tan solo anhela volver a casa con su esposa e hijo. Si la Ilíada presenta la heroicidad de los héroes militares, la Odisea muestra que el regreso al hogar –el regreso a uno mismo– puede tener dimensiones heroicas.
En la tradición épica griega predominaban las hazañas militares. Y si bien Odiseo urdió el engaño del caballo de Troya y si bien supo burlar todas las dificultades –divinas, humanas y naturales– con las que tropezó en los diez años que duró su vuelta a Ítaca, Ernesto de la Peña observa que su ambición es sencillamente humana. Por eso llama a Odiseo “el primer hombre de Occidente”.
Iré un paso más allá al señalar que, además, es el primer hombre en términos literarios. Con la Odisea comienza una de las grandes intuiciones de la literatura occidental: el viaje interior del personaje es el que más nos importa.
Sí, Odiseo se desplaza por las geografías mediterráneas pero lo que importa es su viaje interior. Tras siete años de secuestro en la isla de Ogigia, rechaza a Calipso, quien le ofrece una vida inmortal junto con ella, ninfa de encumbrada belleza. Odiseo opta por una vida mortal junto a su amada Penélope, aunque le confiese: “sé muy bien que la prudente Penélope es menos hermosa que tú”. En Ogigia, Odiseo no vence monstruos sino la tentación existencial de la inmortalidad porque entiende que una vida sin memoria, sin hogar y, sobre todo, sin sus seres queridos deja de ser una vida verdaderamente humana.
Odiseo también sabe desconfiar de sí mismo cuando se hace atar al mástil de la embarcación como medida de prudencia para escuchar el canto de las sirenas sin sucumbir a él.
Tal como entiendo a Odiseo gracias a Ernesto de la Peña, es heroico quien elige una vida mortal habitando este mundo imperfecto con los suyos por puro amor. No quien crea inteligencias artificiales, persigue la inmortalidad tecnológica o la conquista de otros mundos. En tiempos de la inteligencia artificial debemos recordar quiénes somos para no perdernos. De la Peña nos recuerda cómo comenzamos a ser, cuál es el viaje interior que importa de verdad, en qué se nos va realmente la humanidad.
La Odisea nos ofrece una forma de entender qué merecemos desear. Lo demás son cantos de sirenas y seducciones de ninfas mitológicas. Quizá por eso Nolan vuelve a Homero.
Imagen: Still de Odisea, de Ch. Nolan
¿Pueden coexistir el Mundial de futbol y la guerra?
Trump, el candidato que prometió paz, acoge el Mundial de futbol mientras bombardea Irán. No parece tener precedentes, pues ni la Alemania nazi se atrevió a atacar a ningún país durante los Juegos Olímpicos de Berlín y mucho menos Rusia se atrevió a guerrear a nadie en 2018, el año de su Mundial. Tanto más indigna nuestro termostato moral que Estados Unidos –sede principal del Mundial– sostenga una guerra contra Irán, uno de los países competidores.
Nos gustaría que el deporte pudiera sustituir la guerra. Los propios Juegos Olímpicos modernos nacieron con esa esperanza y Jules Rimet creó el Mundial de futbol a su imagen y semejanza.
Pero la historia no ha sido así. Es un mito que las guerras se suspendieran durante los Juegos Olímpicos de la antigüedad. En aquella época tan solo se prometía una paz mínima para proteger el santuario sede, para que los atletas pudieran participar y para que los visitantes pudieran llegar sanos y salgos a Olimpia. Y esa promesa se quebró en más de una ocasión, como en 420 a.C., y en consecuencia los espartanos quedaron excluidos de los juegos.
Sería preferible, más humano y más civilizatorio que las naciones resolvieran sus conflictos en un encuentro deportivo y no en el campo de batalla. Pero así no funcionan el poder ni la política continuada por otros medios. No parece que la naturaleza humana haya sido capaz todavía de hacer ese traslado.
Pero del fenómeno inverso sí tenemos antecedentes: los combatientes británicos y alemanes se dieron una tregua para celebrar la Navidad de 1914 y enterrar a sus muertos. Alguien sacó un balón y se improvisaron partidos de futbol entre las trincheras flamencas. Durante tres días, los juegos de la Tregua de Navidad pausaron la Gran Guerra, permitiendo un momento de humanidad deportiva.
La historia conoce guerras interrumpidas para jugar al futbol pero no competencias deportivas capaces de detener una guerra.
Imagen: GPT
¿Qué haría Odiseo ante las sirenas de la inteligencia artificial?
Las sirenas de la Odisea eran mujeres aviarias cerca de las cuales debía navegar Odiseo. Tenían una voz hermosa y prometían contar todas las verdades de la guerra de Troya. El precio era la seducción, que traía consigo la muerte. Prescindir de su canto era perderse de lo más hermoso de la vida. Odiseo se ve en un aprieto: quiere las dos cosas. Como es sagaz, pide que lo aten al mástil de la embarcación y ordena que lo aprieten más cada vez que solicite que lo suelten.
Es muy griego este tipo de dilemas trágicos, donde las dos posibilidades desembocan en pérdida. Pero Odiseo encuentra una solución genial previendo su propia flaqueza.
Las sirenas de hoy son las inteligencias artificiales, que nos seducen y prometen amasar todo el conocimiento posible. Dejarnos arrastrar tendría consecuencias inimaginables (¿dejaríamos de ser sapiens si externalizamos la inteligencia así como cedimos la memoria a la escritura y otros artefactos?). Destruirlas se antoja imposible, pues ya pasamos el punto de no retorno. Temamos nuestra propia flaqueza y atémonos al mástil más próximo.
Pero, ¿con qué cuerdas? ¿Qué cederemos a las IA: el aprendizaje de lenguas extranjeras, las operaciones matemáticas, la capacidad silogística, las decisiones militares, los diagnósticos médicos…? ¿Qué?
Homero no nos cuenta cuáles son aquellas verdades sobre Troya que cantan las sirenas. No es relevante. Porque la Odisea –como la vida– no consiste en conocer secretos ni en saberlo todo sino en seguir navegando sorteando todo tipo de dificultades rumbo al hogar. La Odisea sugiere que la vida no va de saberlo o poderlo todo –nuestra perdición– sino de seguir avante en busca del hogar, en retornar a la querencia y la familia, a lo que amamos y nos llena el corazón.
Con todo, tenemos una diferencia crucial con Homero: las sirenas tienen vida propia, mientras las IA son nuestros artificios. Ya no se trata de peligros externos sino que, en última instancia, somos responsables de ellos. ¿Qué ocurre cuando el ser humano desarrolla el conocimiento técnico suficiente para crear sus propias sirenas? Los griegos no imaginaron la IA pero sí el carácter trágico de nuestra capacidad de crear más poder del que sabemos manejar. La técnica va mucho más deprisa que la prudencia.
¿Qué lleva consigo el poder?
Nadie sale de casa sin aquello que considera indispensable: hoy en día, el teléfono. Ahí llevamos nuestra vida. Pero tampoco los hombres más poderosos de la historia se atrevieron a tanto, pues ellos también llevan a todos lados algo irrenunciable.
Un muchacho adolescente que soñaba con ser Aquiles se fue a la guerra armado con una daga y un poema. No es cualquier poema sino justo el que canta la cólera de Aquiles, el héroe por excelencia. En efecto, Plutarco cuenta que Alejandro Magno llevaba siempre consigo una edición especial de la Ilíada que le preparó su tutor Aristóteles. Eran varios rollos de papiro, que guardaba en un cofrecillo del que se hizo tras su victoria en tierras persas. Lo guardaba bajo la almohada junto a su daga. El gran conquistador macedonio usa como guía militar y brújula cultural el libro fundacional de Occidente editado por uno de los más grandes filósofos porque en Homero encuentra el modelo de heroicidad a la que aspira y la justificación de sus conquistas.
Por su parte, Juan Miralles describe en su biografía cómo Hernán Cortés –aún antes de ser marqués– llevaba el palacio a cuestas. Después de derrocar Tenochtitlán, fue a Honduras para aplacar la rebelión de Cristóbal de Olid. Además de cientos de españoles y miles de indígenas, llevaba mayordomo, maestresalas, camarero, repostero, médico, músicos, botiller, pajes, halconeros, acróbatas, prestidigitadores y titiriteros; y para su servicio, vajillas de oro y de plata y una inmensa piara de puercos. Tal despropósito causó más complicaciones que beneficios y entorpeció su avance, de modo que cuando Cortés llegó a Honduras, la rebelión ya había sido sofocada y Olid asesinado.
El tercer acto corresponde al nuclear football que, desde tiempos de Eisenhower, acompaña siempre al presidente de Estados Unidos adonde quiera que vaya. Se trata del portafolio con los manuales y los códigos para detonar un ataque nuclear. Sí, porque qué sería del poder del hombre más poderoso de la Tierra si no tuviera siempre a la mano los códigos para destruir la Tierra.
Alejandro no carga con la Ilíada porque le guste leer en la cama sino porque Homero le presenta el modelo y la justificación de sus conquistas. Cortés no necesita vajillas de oro en las selvas yucatecas; las lleva porque encarnan la dignidad y el encumbramiento que cree merecer. Y el presidente estadounidense no piensa utilizar los códigos pero los necesita para mantener el orden político que descansa en la disuasión nuclear. Dicho con otras palabras, Alejandro legitima su poder en la cultura, la gloria y la estirpe de héroes, según lo deduce de la Ilíada. Cortés se legitima socialmente mediante el rango, la jerarquía y los honores conquistados a sangre y espada. El poder de Washington descansa en la paradoja estratégica de amenazar con una destrucción total, que precisamente sirve para evitarla.
El poder termina delatándose por aquello que debe llevar consigo porque siempre debe justificarse, aunque sea con un poema, una piara de cerdos o un maletín.
Imagen: GPT
¿Cómo se traduce un mundo ya desaparecido?
Ayer caminé un poco por el pueblo donde estoy hospitalizado. Me emocionó encontrar el pequeño negocio de un cordelero o soguero porque me recordó uno de los cuentos más espeluznantes de los hermanos Grimm: “El cuento del muchacho que se va de casa para aprender qué es el miedo“.
En una escena del cuento aparecen siete ahorcados colgados de un árbol en un bosque. En muchas traducciones se habla simplemente de los siete pretendientes ahorcados de la hija del cordelero pero los Grimm están utilizando una metáfora: “ahí está el árbol donde siete celebraron su boda con la hija del cordelero".
La hija del cordelero no es una muchacha sino la soga: los ahorcados quedaron casados para siempre con la soga.
Por un momento sentí que el cuento dejó de ser literatura y se volvió realidad. El negocio del cordelero me hizo revivir el texto con otros ojos: no los de hoy sino los de la época en que fueron escritos. Los Grimm están llenos de esas llaves pero, para el lector contemporáneo, esas llaves no tienen sentido porque ya no encajan en las cerraduras de nuestros tiempos.
En la literatura antigua leemos sobre toneleros, carboneros, porqueros... Conocemos las palabras –incluso su significado– pero desconocemos el mundo al que pertenecieron. Porque una cosa es que sobrevivan las palabras impresas y otra, muy diferente, la realidad que las sostiene.
Está sucediendo lo mismo ante nuestros ojos. Los niños de hoy no saben por qué se dice "colgar el teléfono", "jalarle al excusado" ni lo que fue rayar un disco, revelar un rollo o buscar un teléfono en la sección amarilla. Son experiencias que escapan a su mundo. Quizá en unos años tampoco puedan entender por qué antes hicieron falta archivistas, correctores, asistentes, traductores...
Pienso que este es el gran servicio de la traducción: reconstruir los puentes perdidos hacia oficios, objetos y experiencias desconocidos que alguna vez se daban por supuesto. Parece que el valor de la traducción consiste menos en trasladar palabras de un idioma a otro que en rescatar mundos desaparecidos, volverlos habitables y ofrecérselos al lector.
La vitrina y el anuncio del cordelero me hicieron pensar en aquel mundo de hace doscientos años, cuando los hermanos Grimm tenían cordeleros a su alrededor. Ese mundo desapareció hace mucho. La palabra impresa logró conservar sus nombres y la traducción intenta conservar su sentido.
Pero, de vez en cuando, ocurre algo mejor: una palabra sale del libro, se encarna en la realidad y nos permite habitar –durante unos segundos luminosos– el mundo que la vio nacer.
Imágenes: John Kenn Mortensen y GPT
¿Quién tiene miedo a ganar?
Hace poco empecé a darme cuenta de algo extraño: el Opus Dei me educó en el miedo a ganar.
De niño, cuando ganábamos partidos de futbol, me quedaba con una sensación rara: no era la euforia de la victoria sino un mal sabor de boca. No habíamos hecho trampa, tampoco habíamos humillado al equipo contrario, el árbitro no había sido injusto… habíamos ganado bien y, sin embargo, algo me incomodaba.
No es que en el Opus Dei estuviera prohibido ser el número uno. Al contrario: se promovía la excelencia, sobre todo intelectual. Se nos decía que éramos la “aristocracia de la inteligencia”. Pero al mismo tiempo se nos insistía una y otra vez en que la soberbia es el pecado por excelencia, el pecado por el cual se perdieron Luzbel, Adán y Eva.
Por supuesto que nadie nos decía “Prohibido ser el mejor” o “Prohibido ganar”. El mensaje era sutil y por eso me tardé décadas en decodificarlo. Teníamos entre oreja y oreja algo difícil de reconciliar: destaca pero no te la creas demasiado; sé brillante pero no te pavonees; gana pero no disfrutes la victoria, no vaya a ser que se te suba la soberbia. Y todo esto con el fin de convertirte en “alfombra para que los demás pisen blando”.
En la licenciatura nos daba clases un profesor considerado brillante por haber fundado la propia universidad y ser una figura intelectual importante en el ámbito empresarial mexicano. Al hablar, tenía la peculiaridad de ir disparando partículas diminutas de saliva. Un amigo observó: “Es tan perfecto que escupe gotitas de saliva a propósito para mostrar que tiene algún defecto”. Me pareció absurdo aunque a veces sospechaba que tenía algo de razón.
El ejemplo es lo de menos, lo que importa es la lógica de fondo: no puedes ser tan bueno, ni tan brillante, ni tan perfecto. Mejor muestra siempre tus grietas y debilidades para que no se te suba la vanagloria y, así, des también buen ejemplo a los demás.
En quinto de primaria, el preceptor –un numerario del Opus Dei– me llamó y me dijo algo inolvidable, sobre todo porque lo sentí como un ataque salido de la nada: “No te vanaglories de tener las mejores calificaciones, apenas estás en quinto de primaria: esto no significa nada. Hay otros que son mejores que tú en tanto personas, como Fulanito”. Salí muy alterado porque había una recriminación injusta y cruel. Apenas ahora me doy cuenta de que estaba sembrando en mí la culpa por destacar, aunque solo fuese por las calificaciones de quinto de primaria de un colegio mexicano.
Esta lógica tuvo consecuencias amplias. Mirando hacia atrás, nuestra educación no nos impulsó a asumir riesgos, a conquistar triunfos o a llegar demasiado lejos.
¿Hay otros contextos donde se enseñe y eduque de manera parecida? Claramente no en la cultura de Estados Unidos, donde se le dan alas a los niños en lugar de cortárselas. Pero si eso hace el Opus de México, seguramente habrá otras familias donde los hijos aprenden a no eclipsar a nadie más, instituciones donde destacar provoque desaprobación y culturas enteras donde sobresalir demasiado resulte cuestionable.
Así fue como algunos desarrollamos la extraña habilidad de disminuirnos un poco, de ocultarnos otro poco y de perder un poquito a propósito porque ganar no dejaba de ser un riesgo mayor: vanagloriarnos, ensoberbecernos y, a la postre, perdernos. Porque por doloroso que sea perder, aunque se trate de un partido escolar de futbol, el precio de ganar podría ser perderse.
Imagen: Florian Hetz
Por qué no existe la cultura general
De los alumnos universitarios que he tenido en Alemania a lo largo del tiempo, ninguno ha sabido quién fue García Márquez. ¡Un escándalo! Tampoco han sido capaces de explicar qué es el dativo, a pesar de que lo emplea la lengua alemana. No han podido decir la capital de Bolivia. Ni tampoco les suena –y mucho menos han visto– Terminator. Según la noción clásica, saber de literatura, gramática, geografía y cine es parte de la cultura general.
¿Es “reprobable” su ignorancia? ¿O estoy “mal” yo por esperar ese tipo de conocimientos otrora “básicos”? ¿Acaso existe todavía la idea medieval del sabio universal, del hombre renacentista, de la Bildung del burgués alemán y del enciclopedismo ilustrado?
Pero no solo fueron los universitarios quienes me empujaron a reflexionar sobre esto. También las redes sociales, porque para el algoritmo del teléfono, el Louvre y Disneylandia tienen el mismo peso: están registrados de igual manera en Instagram y son iguales en la categoría de “creadores de contenido”. ¡Qué palabra más vacía! “Contenido”.
Baudrillard diría que no.
La cultura general funciona bajo el supuesto de que existe un conjunto de saberes en el marco de una cultura que son apreciados, valorados y jerarquizados, y que ese saber convierte a una persona en sabia. Baudrillard destruye este supuesto en Cultura y simulacro: ya no existe la Grecia antigua sino solo un conjunto de imágenes que el canon “oficial” ha fabricado; por lo tanto, no hay jerarquía ni distinción entre alta y baja cultura, pues todo opera con los mismos medios en un régimen de simulación. Dicho de otro modo, la supuesta cultura solo sirve para pintarle en la frente el signo de “culto” a la persona que simula serlo.
Gracias, Baudrillard. No desaparece mi decepción, aunque ahora entiendo mejor de dónde viene. Entiendo el diagnóstico, pues mi abuelo sembró en mí la ilusión –y la convicción y hasta la ambición– de amasar conocimiento, que ha sido siempre la moneda de mi vida.
La disolución de referentes en Baudrillard parece anunciar la proliferación de esferas en Sloterdijk. Él sostiene que solo existen esferas de conocimiento: el profesor puede tener una cultura general según el modelo clásico mientras que cada alumno tiene una cultura general propia de cada esfera que habita: la de los videojuegos, la de las novelas de fantasía, la del patinaje en hielo… Hemos quedado atomizados y desunidos.
Los mismos alumnos que no conocen a García Márquez, acaso dominen al detalle la genealogía, el universo y la mitología de sus videojuegos. Yo no. Y, para ser franco, tampoco me han interesado más allá del fenómeno de masas. Entonces, ¿el ignorante soy yo? ¿O simplemente estamos operando en esferas diferentes? Tal parece que las esferas ya no se tocan, que ya no hay un suelo común para conversar.
Pero, ¿alguna vez hubo tal suelo común? El conocimiento universal medieval era para Dios; el enciclopedismo no era para las mujeres; el campesino no tenía acceso a la Bildung burguesa. Quizá mi abuelo vivió bajo la falsa unidad de quienes ya estaban en un mismo nicho, porque García Márquez, el dativo, Terminator y la capital de Bolivia son un conjunto heterogéneo y artificial de datos arrojados a un suelo que nunca fue común.
Imagen: Baudrillard y Sloterdijk – GPT
¿Por qué importa el estrés postraumático?
Hay cientos de miles de niños en zonas de guerra que oyen y sienten las vibraciones de las bombas. Cada disparo, cada explosión va alterándolos hasta producir trauma en muchos de ellos. Entender mejor el trauma ayuda a comprender por qué es tan difícil romper, incluso desde una perspectiva biológica y hasta bioquímica, espirales de violencia transgeneracionales asentadas en comunidades.
La mayoría de las personas que viven un evento traumático logran recuperarse por cuenta propia con el paso del tiempo. Una minoría presenta síntomas persistentes, que pueden tratarse con ayuda psicológica: muchas mejoran con tratamiento, mientras otras desarrollan trastorno por estrés postraumático (TEPT), según la gravedad o intensidad del trauma y de factores personales. Condición para el diagnóstico de TEPT es que los síntomas interfieran de forma significativa en la vida cotidiana y que persistan más de un mes.
El estrés postraumático complejo (TEPT-C) se distingue del TEPT “clásico” cuando el trauma no proviene de un acontecimiento aislado sino de experiencias traumáticas repetitivas a lo largo del tiempo en contextos de los cuales no es posible escapar. Este es el diagnóstico que recibí en abril del año pasado. Desde entonces me he informado a fondo para comprenderlo mejor.
Para empezar, hay cambios biológicos y bioquímicos en el cuerpo: no son solo una adaptación momentánea sino que se convierten en el funcionamiento normal a largo plazo del sistema nervioso. El organismo se acostumbra a operar en estados de excepción, como la hipervigilancia, la tensión, el agotamiento, el retraimiento, etc.
En el TEPT-C, las experiencias traumáticas se viven a lo largo de años en etapas decisivas del desarrollo, como la infancia o la adolescencia. Esto significa que el cerebro y el sistema nervioso se desarrollan en este marco: desde el inicio están en modo de adaptación y supervivencia, por lo que no pueden procesar ni aprender a integrar la experiencia. De ahí surgen dificultades típicas en la regulación emocional, en la imagen de uno mismo y en las relaciones interpersonales.
Muchas personas afectadas funcionan durante mucho tiempo –incluso décadas– de manera aparentemente estable, por ejemplo en el trabajo o en la vida cotidiana, aunque no pocas veces con un gran esfuerzo interno. Los síntomas tienden a intensificarse cuando cambian las estructuras externas, cuando baja el nivel de activación o cuando dejan de funcionar los mecanismos de compensación; es decir, cuando el sistema ya no puede sostener ese modo extraordinario de adaptación.
Los síntomas físicos expresan una desregulación crónica del sistema nervioso autónomo. Los síntomas se presentan como estados de hiperactivación (inquietud, ansiedad, estado de alerta) o como estados de colapso (agotamiento intenso, retraimiento, vacío). También influyen recuerdos implícitos y reacciones corporales aprendidas.
Por lo tanto, la recuperación no consiste en volver a un equilibrio anterior, porque no lo hubo, sino en construir algo que nunca estuvo presente de forma estable: una regulación interna fiable.
Este proceso implica la reorganización del sistema nervioso, la integración de experiencias dolorosas y el aprendizaje de nuevos patrones emocionales y relacionales. Por eso, sanar requiere mucho tiempo. ¿Y cómo es posible una recuperación así en contextos como la guerra, donde los niños crecen –a veces incluso nacen– sin haber conocido nunca un estado de seguridad?
Foto: Ezz Zanoun/Al Jazeera
¿Qué puede enseñarle un suicida a las inteligencias artificiales?
En El suicida, Alfonso Reyes hace una reflexión filosófica sobre el suicidio. ¿Por qué se suicida la gente? Baraja tres posibilidades. En primer lugar, algunos enfermos se matan por impulso o perturbación, como otros comportamientos escapan al control de la vountad. En segundo lugar, a causa de un problema práctico de difícil resolución, como una deuda impagable.
La tercera es la más inquietante y la que nos importa: por una razón intelectual o filosófica. Como Sócrates, pues su muerte era evitable pero él la entendió como el culmen de su filosofía. Mutatis mutandis, es también el caso de Adán y Eva: caen al comer el fruto del árbol del conocimiento. De nuevo la razón intelectual: querían conocer y el conocimiento les costó el Paraíso. Conocer tiene un precio; a partir de cierto punto, la lucidez puede volverse inhabitable.
Pero, ¿no está mal encaminada una filosofía que conduzca al suicidio pues, a partir de cierto punto, el conocimiento puede volverse dañino y destructivo?
Salgo del texto porque Reyes me lleva a pensar en las inteligencias artificiales, verdaderas galaxias de conocimientos almacenados y algoritmizados que nos transforman (¿cómo nos transforman?).
Reyes sugiere que se investiguen a fondo las causas de cada suicidio, que se escriba a detalle toda la información posible y se haga disponible a perpetuidad. Quizá ese conocimiento minucioso del suicidio sirva para comprender los límites del ser humano.
El suicida no se deja arrastrar por la vida sino que encarna, hasta el extremo, esa dimensión humana, pues lo humano parece que, en parte, consiste en adoptar una posición activa ante la vida. La vida humana es evaluar y decidir.
El suicida evalúa y decide matarse, como el huésped que entrega la habitación de su hotel y se va. Sí, somos libres de irnos del hotel de la Tierra cuando queramos, aunque en realidad nos vamos de la vida, que nos pertenece, a diferencia del hotel. De la vida no nos vamos hasta que nos echen. Con una salvedad: el suicida se va de la vida como quien se va de un hotel. No espera a que lo echen.
Interroguemos el suicidio, propone Reyes, no porque la muerte vaya a dar respuestas sino porque ofrece la posibilidad de un pensamiento abierto.
Y yo pregunto: ¿qué puede enseñarle el suicida a las inteligencias artificiales? ¿Qué puede aprender de estos límites un sistema de conocimiento que no vive?
Imagen: GPT
¿Por qué Trump?
Hay de dos sopas: o Trump ha causado al menos en parte el actual desequilibrio mundial, o, por el contrario, es el producto de un largo proceso histórico que era inevitable y que da la casualidad que el personaje se llama Trump pero bien pudo haber sido otra persona.
Según la primera opción, el mundo estaba más o menos en orden y tuvo que llegar Trump para ponerlo de cabeza porque es un caprichoso, es un hípernacionalista y un abusivo. Esa es una posibilidad real pues esto que he dicho sobre él parece ser verdad. Si Kamala Harris u otro candidato republicano hubiera llegado a la presidencia, no estaría la situación geopolítica tan desestabilizada como está ahora.
Según la segunda opción, los procesos históricos son más grandes que nosotros, los individuos, así como la naturaleza es más poderosa que nosotros; y aunque hay supervivientes de catástrofes naturales, por lo regular se impone la naturaleza. De manera análoga, la historia se impone en términos generales, si bien a veces surgen figuras que logran escaparse de su torrente para reencauzarlo. Así pues, si observamos la creciente acumulación de poder del presidente de Estados Unidos, su creciente desdén por el Congreso y los acuerdos e instituciones internacionales, y si analizamos la tendencia de las últimas décadas, ya desde Reagan se veía venir algo como lo que estamos viviendo.
La pregunta parece ser idéntica a la pregunta por el huevo o la gallina, es decir, depende de qué perspectiva se tome, se puede responder correctamente de una u otra manera: cada perspectiva explica distintos aspectos.
No solo la naturaleza y la historia son más grandes que nosotros sino también las instituciones. Por eso debemos cuidarlas, pues el día en que falte la sensatez presidencial, ahí seguirán las instituciones –normas, procesos, asociaciones– que orienten el actuar. Pero si llega alguien como Trump, que cancela acuerdos y erosiona las instituciones, ese individuo desarticula los marcos que lo contienen y actúa como si estuviera por encima de la historia y de las instituciones. La historia es celosa y raramente da la razón a tales individuos.
Más allá de las dos sopas –Trump como causa o como efecto–, lo importante es salvaguardar las instituciones, no porque sean perfectas sino porque trascienden nuestras vidas personales.
Imagen: GPT
¿Para qué otro blog?
En estos días y en este mundo tan revuelto, tan confuso e imprevisible, necesito detenerme más a menudo y con más ahínco que antes para reflexionar. Intento entender qué está sucediendo en el mundo, qué nos está pasando como sociedad y cómo van cambiando nuestras vidas.
Por un lado, estamos volviendo a la luna como un punto intermedio para alcanzar Marte, mientras devastamos el planeta Tierra. Redefinimos la vida, rediseñamos y hasta creamos nuevos seres, y tenemos contenida la energía suficiente para borrarnos del planeta. Nunca antes habíamos llegado tan lejos ni visto tantas especies animales y vegetales, pero tampoco nunca antes había tantas especies extintas o en riesgo de desaparecer, ni tampoco zonas geográficas transformándose con la celeridad actual. Somos guardianes y verdugos de lo propio y lo ajeno, y engreídos ante la infinitud y complejidad del universo, que no cesa de maravillarnos.
Por otro lado, la inteligencia artificial está reconfigurando el trabajo intelectual tal como lo conocemos, así como las máquinas de la revolución industrial hicieron desaparecer tantas profesiones hace dos siglos. Hoy, parece que la salvación laboral para muchos será trabajar con las manos: más quiroprácticos, plomeros y enterradores que mercadólogos, escritores de código y personal de recursos humanos.
También, el desmoronamiento de la pax americana parece estarle dando pie a antiguos sueños imperialistas, en lo político, y en lo económico le está dando la oportunidad a China de plantarse como la nueva potencia mundial. ¿Deberíamos enseñarles chino a nuestros hijos o posponemos la tarea para que ellos lo hagan con los suyos? Lo que oí a finales de los noventa sobre la preeminencia china parece una realidad magnificada por la lupa de la historia.
En el plano de la vida, estamos empezando a entender el cerebro humano, con lo que cada vez entendemos mejor sus aflicciones. Además, el traslape entre la realidad real y la realidad virtual –incluida, de nuevo, la inteligencia artificial– siembra la duda de quiénes somos y si seguiremos siendo como habíamos venido siendo desde de los faraones egipcios, Moisés y la guerra de Troya.
Según Kant, solo había tres temas sobre los cuales pensar: Dios, el mundo y el alma. Para corregirle la triada, en este blog me propongo escribir una observación cada día sobre el mundo, la sociedad y la vida. Me gustaría que llegara a ser un diálogo con quienes me lean, así que responderé a todos los comentarios que se hagan aquí y por las redes sociales.
¡Pásenle a leer, bienvenidos!
Foto: Natasja Madsen