En estos tiempos revueltos, estoy en busca de claridad.
Un intento por entender
qué sucede en el mundo,
qué decidimos como sociedad
y cómo vivimos en tanto personas.
¿Qué puede enseñarle un suicida a las inteligencias artificiales?
En El suicida, Alfonso Reyes hace una reflexión filosófica sobre el suicidio. ¿Por qué se suicida la gente? Baraja tres posibilidades. En primer lugar, algunos enfermos se matan por impulso o perturbación, como otros comportamientos escapan al control de la vountad. En segundo lugar, a causa de un problema práctico de difícil resolución, como una deuda impagable.
La tercera es la más inquietante y la que nos importa: por una razón intelectual o filosófica. Como Sócrates, pues su muerte era evitable pero él la entendió como el culmen de su filosofía. Mutatis mutandis, es también el caso de Adán y Eva: caen al comer el fruto del árbol del conocimiento. De nuevo la razón intelectual: querían conocer y el conocimiento les costó el Paraíso. Conocer tiene un precio; a partir de cierto punto, la lucidez puede volverse inhabitable.
Pero, ¿no está mal encaminada una filosofía que conduzca al suicidio pues, a partir de cierto punto, el conocimiento puede volverse dañino y destructivo?
Salgo del texto porque Reyes me lleva a pensar en las inteligencias artificiales, verdaderas galaxias de conocimientos almacenados y algoritmizados que nos transforman (¿cómo nos transforman?).
Reyes sugiere que se investiguen a fondo las causas de cada suicidio, que se escriba a detalle toda la información posible y se haga disponible a perpetuidad. Quizá ese conocimiento minucioso del suicidio sirva para comprender los límites del ser humano.
El suicida no se deja arrastrar por la vida sino que encarna, hasta el extremo, esa dimensión humana, pues lo humano parece que, en parte, consiste en adoptar una posición activa ante la vida. La vida humana es evaluar y decidir.
El suicida evalúa y decide matarse, como el huésped que entrega la habitación de su hotel y se va. Sí, somos libres de irnos del hotel de la Tierra cuando queramos, aunque en realidad nos vamos de la vida, que nos pertenece, a diferencia del hotel. De la vida no nos vamos hasta que nos echen. Con una salvedad: el suicida se va de la vida como quien se va de un hotel. No espera a que lo echen.
Interroguemos el suicidio, propone Reyes, no porque la muerte vaya a dar respuestas sino porque ofrece la posibilidad de un pensamiento abierto.
Y yo pregunto: ¿qué puede enseñarle el suicida a las inteligencias artificiales? ¿Qué puede aprender de estos límites un sistema de conocimiento que no vive?
Imagen: GPT
¿Por qué Trump?
Hay de dos sopas: o Trump ha causado al menos en parte el actual desequilibrio mundial, o, por el contrario, es el producto de un largo proceso histórico que era inevitable y que da la casualidad que el personaje se llama Trump pero bien pudo haber sido otra persona.
Según la primera opción, el mundo estaba más o menos en orden y tuvo que llegar Trump para ponerlo de cabeza porque es un caprichoso, es un hípernacionalista y un abusivo. Esa es una posibilidad real pues esto que he dicho sobre él parece ser verdad. Si Kamala Harris u otro candidato republicano hubiera llegado a la presidencia, no estaría la situación geopolítica tan desestabilizada como está ahora.
Según la segunda opción, los procesos históricos son más grandes que nosotros, los individuos, así como la naturaleza es más poderosa que nosotros; y aunque hay supervivientes de catástrofes naturales, por lo regular se impone la naturaleza. De manera análoga, la historia se impone en términos generales, si bien a veces surgen figuras que logran escaparse de su torrente para reencauzarlo. Así pues, si observamos la creciente acumulación de poder del presidente de Estados Unidos, su creciente desdén por el Congreso y los acuerdos e instituciones internacionales, y si analizamos la tendencia de las últimas décadas, ya desde Reagan se veía venir algo como lo que estamos viviendo.
La pregunta parece ser idéntica a la pregunta por el huevo o la gallina, es decir, depende de qué perspectiva se tome, se puede responder correctamente de una u otra manera: cada perspectiva explica distintos aspectos.
No solo la naturaleza y la historia son más grandes que nosotros sino también las instituciones. Por eso debemos cuidarlas, pues el día en que falte la sensatez presidencial, ahí seguirán las instituciones –normas, procesos, asociaciones– que orienten el actuar. Pero si llega alguien como Trump, que cancela acuerdos y erosiona las instituciones, ese individuo desarticula los marcos que lo contienen y actúa como si estuviera por encima de la historia y de las instituciones. La historia es celosa y raramente da la razón a tales individuos.
Más allá de las dos sopas –Trump como causa o como efecto–, lo importante es salvaguardar las instituciones, no porque sean perfectas sino porque trascienden nuestras vidas personales.
Imagen: GPT
¿Para qué otro blog?
En estos días y en este mundo tan revuelto, tan confuso e imprevisible, necesito detenerme más a menudo y con más ahínco que antes para reflexionar. Intento entender qué está sucediendo en el mundo, qué nos está pasando como sociedad y cómo van cambiando nuestras vidas.
Por un lado, estamos volviendo a la luna como un punto intermedio para alcanzar Marte, mientras devastamos el planeta Tierra. Redefinimos la vida, rediseñamos y hasta creamos nuevos seres, y tenemos contenida la energía suficiente para borrarnos del planeta. Nunca antes habíamos llegado tan lejos ni visto tantas especies animales y vegetales, pero tampoco nunca antes había tantas especies extintas o en riesgo de desaparecer, ni tampoco zonas geográficas transformándose con la celeridad actual. Somos guardianes y verdugos de lo propio y lo ajeno, y engreídos ante la infinitud y complejidad del universo, que no cesa de maravillarnos.
Por otro lado, la inteligencia artificial está reconfigurando el trabajo intelectual tal como lo conocemos, así como las máquinas de la revolución industrial hicieron desaparecer tantas profesiones hace dos siglos. Hoy, parece que la salvación laboral para muchos será trabajar con las manos: más quiroprácticos, plomeros y enterradores que mercadólogos, escritores de código y personal de recursos humanos.
También, el desmoronamiento de la pax americana parece estarle dando pie a antiguos sueños imperialistas, en lo político, y en lo económico le está dando la oportunidad a China de plantarse como la nueva potencia mundial. ¿Deberíamos enseñarles chino a nuestros hijos o posponemos la tarea para que ellos lo hagan con los suyos? Lo que oí a finales de los noventa sobre la preeminencia china parece una realidad magnificada por la lupa de la historia.
En el plano de la vida, estamos empezando a entender el cerebro humano, con lo que cada vez entendemos mejor sus aflicciones. Además, el traslape entre la realidad real y la realidad virtual –incluida, de nuevo, la inteligencia artificial– siembra la duda de quiénes somos y si seguiremos siendo como habíamos venido siendo desde de los faraones egipcios, Moisés y la guerra de Troya.
Según Kant, solo había tres temas sobre los cuales pensar: Dios, el mundo y el alma. Para corregirle la triada, en este blog me propongo escribir una observación cada día sobre el mundo, la sociedad y la vida. Me gustaría que llegara a ser un diálogo con quienes me lean, así que responderé a todos los comentarios que se hagan aquí y por las redes sociales.
¡Pásenle a leer, bienvenidos!
Foto: Natasja Madsen