Por qué no existe la cultura general
De los alumnos universitarios que he tenido en Alemania a lo largo del tiempo, ninguno ha sabido quién fue García Márquez. ¡Un escándalo! Tampoco han sido capaces de explicar qué es el dativo, a pesar de que lo emplea la lengua alemana. No han podido decir la capital de Bolivia. Ni tampoco les suena –y mucho menos han visto– Terminator. Según la noción clásica, saber de literatura, gramática, geografía y cine es parte de la cultura general.
¿Es “reprobable” su ignorancia? ¿O estoy “mal” yo por esperar ese tipo de conocimientos otrora “básicos”? ¿Acaso existe todavía la idea medieval del sabio universal, del hombre renacentista, de la Bildung del burgués alemán y del enciclopedismo ilustrado?
Pero no solo fueron los universitarios quienes me empujaron a reflexionar sobre esto. También las redes sociales, porque para el algoritmo del teléfono, el Louvre y Disneylandia tienen el mismo peso: están registrados de igual manera en Instagram y son iguales en la categoría de “creadores de contenido”. ¡Qué palabra más vacía! “Contenido”.
Baudrillard diría que no.
La cultura general funciona bajo el supuesto de que existe un conjunto de saberes en el marco de una cultura que son apreciados, valorados y jerarquizados, y que ese saber convierte a una persona en sabia. Baudrillard destruye este supuesto en Cultura y simulacro: ya no existe la Grecia antigua sino solo un conjunto de imágenes que el canon “oficial” ha fabricado; por lo tanto, no hay jerarquía ni distinción entre alta y baja cultura, pues todo opera con los mismos medios en un régimen de simulación. Dicho de otro modo, la supuesta cultura solo sirve para pintarle en la frente el signo de “culto” a la persona que simula serlo.
Gracias, Baudrillard. No desaparece mi decepción, aunque ahora entiendo mejor de dónde viene. Entiendo el diagnóstico, pues mi abuelo sembró en mí la ilusión –y la convicción y hasta la ambición– de amasar conocimiento, que ha sido siempre la moneda de mi vida.
La disolución de referentes en Baudrillard parece anunciar la proliferación de esferas en Sloterdijk. Él sostiene que solo existen esferas de conocimiento: el profesor puede tener una cultura general según el modelo clásico mientras que cada alumno tiene una cultura general propia de cada esfera que habita: la de los videojuegos, la de las novelas de fantasía, la del patinaje en hielo… Hemos quedado atomizados y desunidos.
Los mismos alumnos que no conocen a García Márquez, acaso dominen al detalle la genealogía, el universo y la mitología de sus videojuegos. Yo no. Y, para ser franco, tampoco me han interesado más allá del fenómeno de masas. Entonces, ¿el ignorante soy yo? ¿O simplemente estamos operando en esferas diferentes? Tal parece que las esferas ya no se tocan, que ya no hay un suelo común para conversar.
Pero, ¿alguna vez hubo tal suelo común? El conocimiento universal medieval era para Dios; el enciclopedismo no era para las mujeres; el campesino no tenía acceso a la Bildung burguesa. Quizá mi abuelo vivió bajo la falsa unidad de quienes ya estaban en un mismo nicho, porque García Márquez, el dativo, Terminator y la capital de Bolivia son un conjunto heterogéneo y artificial de datos arrojados a un suelo que nunca fue común.
Imagen: Baudrillard y Sloterdijk – GPT