Cinco cosas buenas (vol. 4)
Primera semana que no consigo escribir ningún día. Lo lamento pero he estado desbordado por el hospital.
Cada domingo recojo cinco momentos, historias, detalles y cosas buenas de la vida que se me atravesaron en la semana. ¡Ojalá sirva de inspiración!
Comunicación: tres puntos fundamentales
Estos días he tenido que hablar mucho con personas muy distintas: mi novia, el médico en jefe de la clínica, la terapeuta, mis hijos, burócratas, asesores, desconocidos en una boda, el mecánico y unas productoras. Conversaciones muy distintas también pero todas importantes de una u otra manera.
En este torbellino recordé una idea sobre la comunicación. Decía que antes de una conversación hay que tener claro tres cosas:
el mensaje que quieres que la otra persona reciba
cómo quieres que la otra persona se sienta al recibir tu mensaje
qué quieres que la otra persona haga después
Empecé a ponerlo en práctica de modo consciente porque casi siempre sabemos lo que queremos pero no tenemos claro lo que queremos provocar.
Sencillo. Fácil de recordar. Y útil.
Imagen: Laurent Castellani
Tallado en piedra
Parte de la terapia consiste en trabajar con materiales y elegí la piedra. Desde hace un par de años me interesa mucho la escultura. Hace un año probé la arcilla, que me encantó, pero sin horno se rompe en un dos por tres.
Así que ahora intento tallar piedra. Aunque ya tuve la frustración de que se me desquebrajara de pronto.
Recordé la historia del trozo gigante de mármol que estuvo durante décadas en Florencia por ser inservible: demasiado estrecho y estropeado por cincelazos anteriores. Pero cuando Miguel Ángel lo vio, vio en ese triángulo el espacio las piernas del David.
Esta primera experiencia me descubrió que, además de imaginación, la piedra demanda un formidable trabajo físico, trabajo que me va cambiando a mí también por dentro.
“Dubliners”, de Joyce
Hablando con una amiga sobre James Joyce, de pronto tuve un flashback: en septiembre del 2003 llegué a Berlín leyendo Dubliners. Era una edición de Penguin. Lo leía despacito porque me parecía difícil el inglés, un idioma que se me había oxidado en el DF.
Y cuando fui a ver el museo que junto al Checkpoint Charlie, al salir del metro me di cuenta de que había dejado el libro en el vagón. Poco después lo compré de nuevo en la librería Dussmann de Friedrichstraße y aquí lo tengo todavía. Anoté que me costó 2.50 euros, ¡cuando la vida era barata! , y está lleno de anotaciones.
Nunca lo acabé. Ya es tiempo de retomarlo.
El papá de Ian Buruma
Hace un año me enteré de que el papá de Ian Buruma estuvo en Berlín cuando los soviéticos capturaron la ciudad. Estaba ahí por ser prisionero y trabajador forzado y sucede que escribió muchas cartas sobre la vida cotidiana. Estos días me enteré de que su hijo ya publicó un libro –con base en esas y otras cartas– sobre Berlín durante la guerra. ¡Me urge leerlo!
En sus cartas, Leo Buruma cuenta escenas asombrosas, como cuando escuchó un concierto de la Filarmónica, bajo la batuta de Furtwangler, nada menos que en un teatro porque los Aliados habían destruido las óperas y salas de conciertos. Aquí hay una reseña.
Me imagino que esta obra será un complemento fascinante a las memorias anónimas de Una mujer en Berlín, uno de esos libros que jamás olvidaré.
La guerra arrasa con todo, incluso con los escalofríos que nos causan experiencias ajenas tantos años después.
Las contradicciones de la moto
Estas semanas me he desplazado mucho en moto de la casa al doctor, al hospital, a terapia… Son trayectos cortos pero, para mí, son de los mejores momentos del día. Me sirven para desconectar pero también para pensar, por contradictorio que pueda sonar.
Y aunque en el hospital he topado con muchos accidentados de moto, incluso con amputaciones, nada me gusta tanto como rodar en dos ruedas.
Los pilotos de carreras de GP dicen que es más fácil tener un accidente en la calle, donde vas confiado, que en una carrera donde vas concentrado al cien por ciento. Aunque aquí tampoco conviene confiarse demasiado en mayo, la temporada en que los cervatillos empiezan a moverse y aumentan los accidentes.
Quizá por eso me relaja la moto: me obliga a concentrarme en una cosa: en el camino. Entonces me relajo y entro en una especie de trance meditativo: tengo una sola cosa enfrente y no mil asuntos que malabarear al mismo tiempo, como en la vida diaria. Y entonces es justo cuando desconecto o puedo ver mis asuntos desde diferentes ópticas y con calma.
Foto: Mauricio Ceballos