¿Pueden coexistir el Mundial de futbol y la guerra?

Trump, el candidato que prometió paz, acoge el Mundial de futbol mientras bombardea Irán. No parece tener precedentes, pues ni la Alemania nazi se atrevió a atacar a ningún país durante los Juegos Olímpicos de Berlín y mucho menos Rusia se atrevió a guerrear a nadie en 2018, el año de su Mundial. Tanto más indigna nuestro termostato moral que Estados Unidos –sede principal del Mundial– sostenga una guerra contra Irán, uno de los países competidores.

Nos gustaría que el deporte pudiera sustituir la guerra. Los propios Juegos Olímpicos modernos nacieron con esa esperanza y Jules Rimet creó el Mundial de futbol a su imagen y semejanza.

Pero la historia no ha sido así. Es un mito que las guerras se suspendieran durante los Juegos Olímpicos de la antigüedad. En aquella época tan solo se prometía una paz mínima para proteger el santuario sede, para que los atletas pudieran participar y para que los visitantes pudieran llegar sanos y salgos a Olimpia. Y esa promesa se quebró en más de una ocasión, como en 420 a.C., y en consecuencia los espartanos quedaron excluidos de los juegos.

Sería preferible, más humano y más civilizatorio que las naciones resolvieran sus conflictos en un encuentro deportivo y no en el campo de batalla. Pero así no funcionan el poder ni la política continuada por otros medios. No parece que la naturaleza humana haya sido capaz todavía de hacer ese traslado.

Pero del fenómeno inverso sí tenemos antecedentes: los combatientes británicos y alemanes se dieron una tregua para celebrar la Navidad de 1914 y enterrar a sus muertos. Alguien sacó un balón y se improvisaron partidos de futbol entre las trincheras flamencas. Durante tres días, los juegos de la Tregua de Navidad pausaron la Gran Guerra, permitiendo un momento de humanidad deportiva.

La historia conoce guerras interrumpidas para jugar al futbol pero no competencias deportivas capaces de detener una guerra.

Imagen: GPT

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