En estos tiempos revueltos, estoy en busca de claridad.

Un intento por entender
qué sucede en el mundo,
qué decidimos como sociedad
y cómo vivimos en tanto personas.

 
Enrique G de la G Enrique G de la G

¿Por qué necesitamos todavía a Odiseo?

Siglo XXI, tiempos primigenios de la inteligencia artificial y… Christopher Nolan está por sacar una película sobre la Odisea. ¿Por qué le importa volver a Odiseo en plena revolución de la inteligencia artificial? ¿Acaso piensa que un poema de hace unos tres mil años puede decirnos todavía algo?

En el siglo VIII a.C., Homero fijó por escrito las aventuras por las que atravesó Odiseo en su vuelta a casa después de la guerra de Troya. La Odisea es la historia de un hombre que tan solo anhela volver a casa con su esposa e hijo. Si la Ilíada presenta la heroicidad de los héroes militares, la Odisea muestra que el regreso al hogar –el regreso a uno mismo– puede tener dimensiones heroicas.

En la tradición épica griega predominaban las hazañas militares. Y si bien Odiseo urdió el engaño del caballo de Troya y si bien supo burlar todas las dificultades –divinas, humanas y naturales– con las que tropezó en los diez años que duró su vuelta a Ítaca, Ernesto de la Peña observa que su ambición es sencillamente humana. Por eso llama a Odiseo “el primer hombre de Occidente”.

Iré un paso más allá al señalar que, además, es el primer hombre en términos literarios. Con la Odisea comienza una de las grandes intuiciones de la literatura occidental: el viaje interior del personaje es el que más nos importa.

Sí, Odiseo se desplaza por las geografías mediterráneas pero lo que importa es su viaje interior. Tras siete años de secuestro en la isla de Ogigia, rechaza a Calipso, quien le ofrece una vida inmortal junto con ella, ninfa de encumbrada belleza. Odiseo opta por una vida mortal junto a su amada Penélope, aunque le confiese: “sé muy bien que la prudente Penélope es menos hermosa que tú”. En Ogigia, Odiseo no vence monstruos sino la tentación existencial de la inmortalidad porque entiende que una vida sin memoria, sin hogar y, sobre todo, sin sus seres queridos deja de ser una vida verdaderamente humana.

Odiseo también sabe desconfiar de sí mismo cuando se hace atar al mástil de la embarcación como medida de prudencia para escuchar el canto de las sirenas sin sucumbir a él.

Tal como entiendo a Odiseo gracias a Ernesto de la Peña, es heroico quien elige una vida mortal habitando este mundo imperfecto con los suyos por puro amor. No quien crea inteligencias artificiales, persigue la inmortalidad tecnológica o la conquista de otros mundos. En tiempos de la inteligencia artificial debemos recordar quiénes somos para no perdernos. De la Peña nos recuerda cómo comenzamos a ser, cuál es el viaje interior que importa de verdad, en qué se nos va realmente la humanidad.

La Odisea nos ofrece una forma de entender qué merecemos desear. Lo demás son cantos de sirenas y seducciones de ninfas mitológicas. Quizá por eso Nolan vuelve a Homero.

Imagen: Still de Odisea, de Ch. Nolan

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¿Pueden coexistir el Mundial de futbol y la guerra?

Trump, el candidato que prometió paz, acoge el Mundial de futbol mientras bombardea Irán. No parece tener precedentes, pues ni la Alemania nazi se atrevió a atacar a ningún país durante los Juegos Olímpicos de Berlín y mucho menos Rusia se atrevió a guerrear a nadie en 2018, el año de su Mundial. Tanto más indigna nuestro termostato moral que Estados Unidos –sede principal del Mundial– sostenga una guerra contra Irán, uno de los países competidores.

Nos gustaría que el deporte pudiera sustituir la guerra. Los propios Juegos Olímpicos modernos nacieron con esa esperanza y Jules Rimet creó el Mundial de futbol a su imagen y semejanza.

Pero la historia no ha sido así. Es un mito que las guerras se suspendieran durante los Juegos Olímpicos de la antigüedad. En aquella época tan solo se prometía una paz mínima para proteger el santuario sede, para que los atletas pudieran participar y para que los visitantes pudieran llegar sanos y salgos a Olimpia. Y esa promesa se quebró en más de una ocasión, como en 420 a.C., y en consecuencia los espartanos quedaron excluidos de los juegos.

Sería preferible, más humano y más civilizatorio que las naciones resolvieran sus conflictos en un encuentro deportivo y no en el campo de batalla. Pero así no funcionan el poder ni la política continuada por otros medios. No parece que la naturaleza humana haya sido capaz todavía de hacer ese traslado.

Pero del fenómeno inverso sí tenemos antecedentes: los combatientes británicos y alemanes se dieron una tregua para celebrar la Navidad de 1914 y enterrar a sus muertos. Alguien sacó un balón y se improvisaron partidos de futbol entre las trincheras flamencas. Durante tres días, los juegos de la Tregua de Navidad pausaron la Gran Guerra, permitiendo un momento de humanidad deportiva.

La historia conoce guerras interrumpidas para jugar al futbol pero no competencias deportivas capaces de detener una guerra.

Imagen: GPT

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¿Qué lleva consigo el poder?

Nadie sale de casa sin aquello que considera indispensable: hoy en día, el teléfono. Ahí llevamos nuestra vida. Pero tampoco los hombres más poderosos de la historia se atrevieron a tanto, pues ellos también llevan a todos lados algo irrenunciable.

Un muchacho adolescente que soñaba con ser Aquiles se fue a la guerra armado con una daga y un poema. No es cualquier poema sino justo el que canta la cólera de Aquiles, el héroe por excelencia. En efecto, Plutarco cuenta que Alejandro Magno llevaba siempre consigo una edición especial de la Ilíada que le preparó su tutor Aristóteles. Eran varios rollos de papiro, que guardaba en un cofrecillo del que se hizo tras su victoria en tierras persas. Lo guardaba bajo la almohada junto a su daga. El gran conquistador macedonio usa como guía militar y brújula cultural el libro fundacional de Occidente editado por uno de los más grandes filósofos porque en Homero encuentra el modelo de heroicidad a la que aspira y la justificación de sus conquistas.

Por su parte, Juan Miralles describe en su biografía cómo Hernán Cortés –aún antes de ser marqués– llevaba el palacio a cuestas. Después de derrocar Tenochtitlán, fue a Honduras para aplacar la rebelión de Cristóbal de Olid. Además de cientos de españoles y miles de indígenas, llevaba mayordomo, maestresalas, camarero, repostero, médico, músicos, botiller, pajes, halconeros, acróbatas, prestidigitadores y titiriteros; y para su servicio, vajillas de oro y de plata y una inmensa piara de puercos. Tal despropósito causó más complicaciones que beneficios y entorpeció su avance, de modo que cuando Cortés llegó a Honduras, la rebelión ya había sido sofocada y Olid asesinado.

El tercer acto corresponde al nuclear football que, desde tiempos de Eisenhower, acompaña siempre al presidente de Estados Unidos adonde quiera que vaya. Se trata del portafolio con los manuales y los códigos para detonar un ataque nuclear. Sí, porque qué sería del poder del hombre más poderoso de la Tierra si no tuviera siempre a la mano los códigos para destruir la Tierra.

Alejandro no carga con la Ilíada porque le guste leer en la cama sino porque Homero le presenta el modelo y la justificación de sus conquistas. Cortés no necesita vajillas de oro en las selvas yucatecas; las lleva porque encarnan la dignidad y el encumbramiento que cree merecer. Y el presidente estadounidense no piensa utilizar los códigos pero los necesita para mantener el orden político que descansa en la disuasión nuclear. Dicho con otras palabras, Alejandro legitima su poder en la cultura, la gloria y la estirpe de héroes, según lo deduce de la Ilíada. Cortés se legitima socialmente mediante el rango, la jerarquía y los honores conquistados a sangre y espada. El poder de Washington descansa en la paradoja estratégica de amenazar con una destrucción total, que precisamente sirve para evitarla.

El poder termina delatándose por aquello que debe llevar consigo porque siempre debe justificarse, aunque sea con un poema, una piara de cerdos o un maletín.

Imagen: GPT

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