¿Cómo se traduce un mundo ya desaparecido?
Ayer caminé un poco por el pueblo donde estoy hospitalizado. Me emocionó encontrar el pequeño negocio de un cordelero o soguero porque me recordó uno de los cuentos más espeluznantes de los hermanos Grimm: “El cuento del muchacho que se va de casa para aprender qué es el miedo“.
En una escena del cuento aparecen siete ahorcados colgados de un árbol en un bosque. En muchas traducciones se habla simplemente de los siete pretendientes ahorcados de la hija del cordelero pero los Grimm están utilizando una metáfora: “ahí está el árbol donde siete celebraron su boda con la hija del cordelero".
La hija del cordelero no es una muchacha sino la soga: los ahorcados quedaron casados para siempre con la soga.
Por un momento sentí que el cuento dejó de ser literatura y se volvió realidad. El negocio del cordelero me hizo revivir el texto con otros ojos: no los de hoy sino los de la época en que fueron escritos. Los Grimm están llenos de esas llaves pero, para el lector contemporáneo, esas llaves no tienen sentido porque ya no encajan en las cerraduras de nuestros tiempos.
En la literatura antigua leemos sobre toneleros, carboneros, porqueros... Conocemos las palabras –incluso su significado– pero desconocemos el mundo al que pertenecieron. Porque una cosa es que sobrevivan las palabras impresas y otra, muy diferente, la realidad que las sostiene.
Está sucediendo lo mismo ante nuestros ojos. Los niños de hoy no saben por qué se dice "colgar el teléfono", "jalarle al excusado" ni lo que fue rayar un disco, revelar un rollo o buscar un teléfono en la sección amarilla. Son experiencias que escapan a su mundo. Quizá en unos años tampoco puedan entender por qué antes hicieron falta archivistas, correctores, asistentes, traductores...
Pienso que este es el gran servicio de la traducción: reconstruir los puentes perdidos hacia oficios, objetos y experiencias desconocidos que alguna vez se daban por supuesto. Parece que el valor de la traducción consiste menos en trasladar palabras de un idioma a otro que en rescatar mundos desaparecidos, volverlos habitables y ofrecérselos al lector.
La vitrina y el anuncio del cordelero me hicieron pensar en aquel mundo de hace doscientos años, cuando los hermanos Grimm tenían cordeleros a su alrededor. Ese mundo desapareció hace mucho. La palabra impresa logró conservar sus nombres y la traducción intenta conservar su sentido.
Pero, de vez en cuando, ocurre algo mejor: una palabra sale del libro, se encarna en la realidad y nos permite habitar –durante unos segundos luminosos– el mundo que la vio nacer.
Imágenes: John Kenn Mortensen y GPT