Cinco cosas buenas (vol. 18)

Cada domingo recojo cinco momentos, historias, detalles y cosas buenas de la vida que se me atravesaron en la semana. ¡Ojalá sirva de inspiración!

 

Mis ayudantes electorales

Llevamos varias semanas de campaña electoral de cara a las elecciones del 13 de septiembre. Hemos sacado artículos en el periódico, puesto vayas de publicidad vial, una cuenta de Instagram, participado en eventos, regalado merch y este fin de semana depositamos en los buzones de los ciudadanos del municipio folletos. Nos dividimos la carga entre los ocho candidatos del equipo y yo, a mi vez, dividí mi parte con mi familia.

Fue una experiencia que me transportó al Tampiquito y a la Villa Montaña de mi infancia, cuando acompañaba a mis papás a votar. Su obsesión era sacar al PRI del poder. En San Pedro ya era una realidad; luego lo consiguieron en Nuevo León; y para cuando pude votar por presidente, colaboré en romper ese régimen corrupto.

Hoy les contaba esta y otras historias a mis hijos, retrotrayéndome a la Antigua Grecia para explicarles cómo surgió la democracia. Expresaron sus opiniones y luego nos pusimos a trabajar yendo de casa en casa. Cuando decidí candidatear para alcalde hace tres años y me puse a investigar, planeé que iría casa por casa para conocer a todas las familias. La tarea me hubiera llevado varios meses. Pero a falta de salud, he tenido que colaborar con el partido CDU e internamente la mayoría optó por no hacer campaña de casa en casa, excepto por lo que toca a la distribución de folletos.

Espero que los niños se acuerden de este fin de semana y deje una impronta positiva en sus convicciones políticas, que sea el punto de partida para el desarrollo de su conciencia política.

 

Robert en Pakistán

Mi amigo Robert Baldinger es un motero sueco que hace videos en YouTube. Lo conocí gracias a su primer video y me cayó rebién cuando, en un viaje a Turquía, se equivocó de país: quería llegar a Hungría, me parece, y en la frontera le dijeron que estaba a las puertas de Ucrania. Se tuvo que regresar.

Lo contacté cuando fui a recorrer Suecia en moto y me ofreció alojarme en su cochera. Hablamos de viajes y motos, tomamos cerveza y desde entonces estamos en contacto. A principios de año me invitó –junto con todos los suscriptores de su newsletter- a Pakistán; me hubiera encantado ir pero imposible. Él sí fue y acaba de presentar esta semana su video.

Como Robert es genial, rentó el cine local, invitó a sus amigos y parientes, y ahí lo estrenó. Luego lo subió a YouTube. Si quieres ver el Karakorum y una perspectiva de Pakistán que no aparece en los medios, échale un ojo: Lands of the Giants: Pakistan.

 

Seurat

Descubrí este estudio que hizo Seurat de cara a su paisaje Un dimanche après-midi à l'Île de la Grande Jatte. Lo que parece un instante dominical es, en realidad, un arduo trabajo de observación y ejecución que le llevó dos años. Aunque lo vi hace más de veinte años en Chicago, estos días me tomé diez minutos para observar cada detalle de la obra. Es hipnotizante meterle zoom para ver cada puntito del pincel y atestiguar la genialidad que se esconde detrás de esos puntos multicolores para expresar gestos, estados de ánimo, objetos animados.

Sin embargo, la imagen que realmente me cautivó fue este bosquejo con carboncillo. Un poco de gris –aquí más tenua, allá más intenso– basta para retratar a una mujer que retira la mirada y le esconde la cara al espectador. ¿Por qué? ¿Lo hace adrede? ¿Ve a sus hijos o a su amado? ¿Le da vergüenza? ¿Estará simplemente distraída? Se me ocurre plantearle tantas preguntas, y tantas más le podría presentar a Seurat.

Veo esto y pienso en que sería revolucionario que las escuelas primarias diseñen un plan de educación artística tal que, al cabo de seis años, un niño sea capaz de hacer un dibujo así de sencillo y complejo.

Imagen: Google Arts Project

 

Uwe Mozart

“¿Han oído hablar de Mozart"?, preguntó la maestra. “¡Sí!”, respondieron los niños de cuarto de primaria. “A ver, entonces díganme cómo se llamaba porque “Mozart” era el apellido”.

Se hizo el silencio. Los niños se miraban nerviosos unos a otros, algunos prefirieron bajar los ojos hacia el suelo o sacarlos por la ventana.

Hasta que Cósima, muy valiente, levantó la mano y dijo: “Uwe”. A la maestra le ganó la risa. A mí también y pensé qué tonta esta niña. La maestra intervino: “¿Uwe Mozart? Nooo… A ver, ¿quién sabe?”.

Más silencio. Pasaron muchos segundos incómodos –nadie sabía respondier– hasta que Cósima levantó la mano. “A ver, Cósima, ¿qué nos quieres decir?”, le preguntó la maestra. “Obviamente era una broma. Se llamaba Wolfgang Amadeus”.

Cósima nos contó esta pequeña anécdota a la hora de la comida. Para mí como si de pronto hubieran oprimido un botón y Cósima pasó de ser una niña pequeña a una niña grande, capaz de burlarse sutil pero elegantemente de sus compañeros, maestros y papás. Es una nueva experiencia y una delicia convivir con esta nueva niña grande.

Imagen: Robert Greenberg

 

Casa Cueva

Me importa mucho la era del modernismo en México y sus productos culturales. Una de sus figuras es Juan O’Gorman, y pensaba conocerlo ya de modo decente. Así que me sorprendió enterarme de la historia de su casa, la –al parecer famosa– Casa Cueva. La construyó utilizando una cueva rocosa del pedregal volcánico del Xitle, en Avenida San Jerónimo.

Es una pena que la haya vendido a una pareja que, a los pocos meses, la destruyó casi por completo. Podrá no gustarte pero es raro que alguien compre una casa solo para destruirla, y más siendo de un artista renombrado, y aún más si tu trabajo es dirigir los museos de la ciudad. En fin. Lo que quedan son algunas fotos coloridas de los años cincuenta que dejan ver que esa cueva era algo así como la Biblioteca Central de la UNAM pero en tercera dimensión y en proporciones domésticas. ¡Una maravilla!

Aquí está la historia que leí.

Foto: Familia Cetto

 
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