Cinco cosas buenas (vol. 17)

Cada domingo recojo cinco momentos, historias, detalles y cosas buenas de la vida que se me atravesaron en la semana. ¡Ojalá sirva de inspiración!

 

Joshua Báez

Por la diferencia de horario, en Alemania me ha sido difícil mantener la afición por los deportes gringos. Sin embargo, siempre que puedo veo las jugadas importantes y las finales.

Lo que hizo ayer Joshua Báez no tiene antecedente en la historia. Ayer fue su debut en las Grandes Ligas y tuvo tres oportunidades al bat. En el primer swing: home run al centro. En las siguientes dos oportunidades: home runs a la izquierda y a la derecha. ¡Espectacular! No te pierdas el video.

Foto: NBC

 

London Falling

Este parece un post reciclado de la semana pasada pero no lo es. Celebro por todo lo alto este libro, que terminaré esta noche porque me quedan pocas páginas. Ha sido una lectura nocturna que me ha tenido en vela hasta las 2 de la mañana y luego me tardo un par de horas en levantarme porque no puedo soltarlo.

Es un libro audaz, inteligente, seductor. Me lleva al diccionario porque está escrito con un lenguaje culto, lo que agradezco, y me hace plantearme tantas preguntas. Es la radiografía de Londres y la historia de una pobre familia desgraciada. De pronto, Patrick Radden Keefe da más detalles de los que uno necesita, lo cual solo abona a la seriedad de su investigación periodística y hasta detectivesca.

Ojalá hubiera más periodistas así.

 

Coincidencias

De adolescente leí I Thought My Father Was God, una colección de historias radiofónicas que compiló Paul Auster. Son historias donde el personaje principal es el azar, la casualidad.

Me han dicho que escriba las mías porque me pasan todo el tiempo. Hoy fue una y esta es la primera que escribo en mi vida.

Cuando inscribí a Gonzalo en clases de batería, la secretaria de la escuela firmó Hernández. Como había algo que aclarar y me resultaba más fácil hacerlo por teléfono, le llamé. Resultó ser mexicana. Quedamos de vernos pero no cuajó. Hasta hoy, un año después. Vino a comer a la casa con su esposo y tres hijos. Es chilanga y no tenemos nada en común excepto vivir en pueblos cercanos.

En la conversación me contó que trabajó en México para el GIZ. S no sabía que era eso pero yo sí porque una vez en 2016 me solicitaron una traducción, con la que batallé. Le conté eso y que era la novia de un amigo quien trabajaba en el GIZ en aquella época.

Después de la comida y de ir a las motos, abro el Instagram y resulta que la novia de mi amigo del GIZ empieza a seguirme. Llevábamos más de quince años conectados por Facebook y justo una o dos horas después de haber hablado de ella, en Alemania, con “una mexicana que trabaja en la escuela de música”, se le ocurre conectar conmigo.

Algún día escribiré mis historias paulausterianas porque esta es apenas de nivel bajo. Tengo otras aún más insólitas, aunque no tan inauditas como las de ese libro.

 

Cazatesoros

Uno de los hobbies de S es cazar tesoros escondidos a la vista de todos. Para mí siempre fue un sueño encontrar uno pero jamás me lo había tomado en serio hasta que empecé a acompañarla en su búsqueda. Y resulta que nos complementamos bien: ella se interesa sobre todo por muebles y arte, y yo por arte y libros; pero ella es impaciente y yo muy paciente.

Hace tiempo, por ejemplo, descubrió un sofácama y dos silloncitos en excelente estado de la colección Z de Poul Jenssen. En 1stDibs piden miles de dólares por cada pieza. Después de considerar venderlos, decidimos quedárnoslos. Y a esto puedo sumarle comodas altas y bajas, sillas, mesas, lámparas, de todo. Nos gusta el estilo mid-century y es lo que buscamos.

En cuanto a mí, encontré un facsímil extraordinario de un libro alemán medieval. Lo ofrecí a un anticuario en Roma pero lo rechazó. Esta semana lo vendí por 400 euros a un reconocido profesor de historia medieval en Alemania. Ya he vendido otras obras de arte que he encontrado y actualmente tengo dos en venta: una litografía a la plancha perdida de Alfred Pohl y una litografía de Werner Petzold. Son artistas menores pero es entretenido y un entrenamiento porque algún día encontraré un gran maestro o una pieza grecolatina.

Por lo pronto, esta semana fuimos a ver una mansión: el señor murió, la señora está demente en un asilo y una de las hijas, a la que conozco, me pidió ayuda, así que fuimos. No encontramos nada de gran valor económico pero sí algunas piezas monas y muchas cosas útiles. Quizá me contrate para que le ayude a vaciar la casa, “lo está pensando y platicando con sus hermanos”.

La culpa de todo es de Julio Verne y de Salgari, porque me hicieron soñar con tesoros, y luego de Bruno Traven, que me hizo creer durante mi infancia de que había un tesoro escondido en la Sierra Madre. Ay…

Foto: obra sin título conocido de Amadeo Gabino, 1989, que tengo en el pasillo que lleva al ático

 

Mi amigo Cafeólogo

Jesús Salazar es un amigo que llegó a la filosofía después de una incursión en la medicina. Compartimos oficina en la Facultad de Filosofía durante un año decisivo en mi vida y durante ese tiempo nos volvimos amigos. Primero me fui yo de ahí para regresarme a Berlín y poco después se fue él a su Chiapas natal para dedicarse al café. Desde entonces se hace llamar Cafeólogo.

“El café es un centro, del que confluyen ciencia, tecnología, filosofía, arte, hostelería, ética, medio ambiente, negocios, culturas, y convergen quienes hemos decidido dedicarnos a él. nos encontramos en el mejor escenario posible“, escribió. Y con razón, pues pocos saben tanto sobre café –y desde tantas perspectivas– como él.

Sin embargo, tenemos veinte años de no vernos. Hace unos días, me llegó un WhatsApp desde Bruselas: una amiga cafetera se había encontrado con el Cafeólogo y salí en la conversación. Me mandaban saludos los dos. Y luego, hablando con otro amigo de Monterrey, fui yo quien lo sacó a colación. Total que terminé chateando con él hasta Chiapas.

Un gran reecuentro digital que espero repetir con un café de por medio. En donde sea.

Foto: Jesús Salazar Cafeólogo

 
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