Fatiga digital
Ayer, Frank Bruni puso el dedo en la llaga: “The digital age has a way of turning excitement to exhaustion, of reducing everything to content to be molded in whatever fashion a given messenger or medium desires.“
Para empezar, “creador de contenido” era una expresión técnica que saltó al lenguaje cotidiano. Pero es una expresión vacía. Cuando compras chile tajín, compras chile tajín: importan el sabor, la consistencia, el olor, la marca incluso. Pero cuando “generamos contenido digital”, ¿qué estamos vendiendo? Y cuando “consumimos contenido”, ¿qué estamos comprando?
Fue Geert Lovink el primero a quien le escuché decir hace muchos años ya en un seminario que dictó en Malta que el producto es uno mismo. En la economía de creadores, de influencers y de redes basadas en personalidades, el término “contenido” es una mentira: es la envoltura porque el verdadero contenido es el “creador”. El creador que se crea a sí mismo como producto.
“Contenido” es una generalidad porque no es lo mismo consumir chistes, historias personales o porno, así como no es lo mismo comprar zapatos, una pizza o una entrada al cine. Si diferenciamos eso en la vida real, ¿por qué no en la digital? Las redes no distinguen entre una caída, una guerra, un par de tetas y una reseña de Kant: todas se reducen a lo mismo, anzuelos que capturan nuestra atención.
Algunos estamos empezando a fatigarnos ya de “contenidos” digitales, que fundamentalmente nos cuentan en línea y sin tregua lo divertida, trágica o maravillosa que es la vida real. No solo se perdió la diferencia entre una cosa y otra, sino también entre el contenido y su envoltura, entre lo que producimos y nosotros mismos.
Foto: Gali May Lucas & Karoline Hinz, ‘Absorbed by Light’ (2019)