Cinco cosas buenas desde Berlín (vol. 25)

Cada domingo recojo cinco momentos, historias, detalles y cosas buenas de la vida que se me atravesaron en la semana. ¡Ojalá sirva de inspiración!

 

El cuerpo de Em Rata

Como el resto del mundo, conocí a Emily Ratajkowski cuando mi amigo Erick me mostró el video de Blurred Lines allá en el lejano 2013. Em Rata había irrumpido en las pantallas y mentes de millones de hombres como yo y reemplazado a Megan Fox, pero casi quince años después ha sabido mantenerse vigente… y ya no por bailar semidesnuda: ha sabido seguirnos conquistando a muchos poco a poco: más recientemente, por sus escritos.

Esta semana terminé su colección de ensayos sobre su cuerpo, previsiblemente intitulado My Body. Me parece no solo valiente, contradictorio, inteligentemente feminista, triste, triunfante y un poco decepcionante. Es decir, me sacó un amplio abanico de emociones, me picó la curiosidad, me dejó con ganas de más y sin duda se lo daré a leer a mis hijas y a mis hijos cuando sean adolescentes.

Si “la mujer es para el hombre un misterio”, como sentenció Victor Hugo, esta lectura me llevó a desvelar ciertos aspectos de la mujer y a hacerme más bolas con otros tantos. Ese es justo el encanto de leer a Em Rata, quien por lo visto heredó de su mamá el talento de escribir.

Ella le debe la vida que lleva al video de Robin Thicke, pero en el libro lo denuncia por haberla toqueteado durante el rodaje, a pesar de haberse sentido segura en tanga durante las horas y horas de grabación ante la presencia de la directora, quien no supo intervenir en ese momento, sino que cerró filas con el hombre-agresor-cliente.

Cuenta también la historia detrás de ese post en Instagram convertido en obra de arte por Richard Prince: por la foto original recibió 150 dólares de Sports Illustrated, pero Prince se la apropió al transformarla en una pieza de 80,000 dólares, de los cuales ella no recibió ni un centavo; peor aún, su novio del momento se llevó un pequeño boceto del retrato al término de su relación, y ella tuvo que pagarle 10,000 dólares para recuperar el boceto del retrato del retrato, lo que la lleva a concluir que los hombres seguimos poseyendo el cuerpo femenino de distintas maneras…

Foto: @emrata

 

¡Berlín!

En el verano del 2024 vine a Berlín en moto para ver la final de la Eurocopa (ese domingo y ese partido significaron mi bautizo gachupín, pues en ese momento y en ese estadio me sentí español por primera y auténtica vez). Unas semanas después me detuve unas horas en Berlín a mi vuelta a casa tras la consagración como monja cisterciense de mi amiga Vanesa.

Sí: volví en tren en febrero para la grabación de algunas escenas de El buen espíritu y lo pasé de la chingada: Berlín me detonó muchos recuerdos y emociones, y la grabación me drenó. En lugar de quedarme varios días, como quería, volví corriendo al refugio de mi hogar y mi familia en cuanto terminé con el compromiso.

La salud no me había permitido regresar a mi querida y añorada Berlín en moto… hasta ahora. Ya con un poco de flujo en la cuenta bancaria, por fin tuve la posibilidad de cambiar las llantas de la moto.

Aquí es ilegal rodar si los neumáticos tienen menos de tres milímetros de profundidad en la huella, un pequeño detalle que me señalaron en la verificación vehicular en agosto del año pasado. Y hace unos meses, el mecánico me hizo firmar una declaración responsiva de que me llevaba la moto de su taller con las llantas en un estado de completo desgaste a pesar de su advertencia. ¿Pero qué podía hacer si yo solo tenía dinero para pagarle los frenos?

(La moto es mi medio de transporte principal, pues resulta ominosamente oneroso desplazarse en una Land Rover de dos toneladas y medio…)

Así que, como decía, aproveché el reciente depósito del seguro para hacer una cita en mi antiguo taller de Berlín, a 250 kilómetros de casa, tan solo para darme el gusto de hacer un pequeño viaje en moto y venir a respirar aire de ciudad.

 

Voces y magdalenas

Una vez mientras me tomaba un café con una amiga en Coyoacán me pasó algo extraordinario: escuché una o dos palabras pronunciadas por una voz que no había escuchado en unos diez años y, sin embargo, al instante supe quién hablaba. Levanté la mirada y sí, era aquel antiguo alumno que conocía a mi amiga y se acercaba a saludarla.

Algo parecido le sucedió esta semana a mi amiga F. Encendió la radio del coche mientras se desplazaba un poco distraída por algún lugar de Cataluña, cuando de pronto escuchó una voz que identificó de inmediato: la mía.

Se quedó helada y prestó atención: era un fragmento de la serie El buen espíritu que la estación de Cadena SER había lanzado al aire para anunciar una entrevista que tendría lugar ese mismo día con la directora y un par de entrevistados: mi tocayo Enrique y Antonio. Me envió un mensaje desde el asiento de la conductora en cuanto “terminé” de hablar.

Dicen que el olor es el sentido con mejor memoria. No lo sé, pues durante treinta años el C-PTSD me privó de los olores (esa es otra historia), pero mi experiencia con el timbre de una voz es mi magdalena proustiana.

 

Por amor al arte

Una vez al mes, el New York Times ofrece un reto pequeño y hermoso que se ha convertido en una actividad favorita y que me ha enseñado mucho.

Se trata de la vieja tarea bien conocida por los estudiantes de historia del arte de contemplar observar una obra durante cierto tiempo. Cuanto más observas, más ves y más descubres, y para mí se ha vuelto incluso meditativo.

De las decenas de imágenes propuestas por la curadoría que me he tomado el tiempo para contemplar observar, mi favorita ha sido la de este mes de octubre: la imagen de la más famosa Kunstkammer flamenca.

Podría enlistar aquí cantidad de detalles asombrosos, sorprendentes o cautivantes, como un Van Dyck perdido que solo se conserva en copia miniatura aquí, pero solo me detendré en la gorguera de este caballero.

La línea del alféizar de la ventana atraviesa el elaborado lino del cuello de lechuguilla o gorguera, con lo que el artista crea un efecto de transparencia y fragilidad casi plumífero. Es un detalle minúsculo, de unos pocos milímetros en una obra que mide apenas 99 × 129 cms.

¿Qué nivel de obsesión, observación y amor a tu trabajo debe poseerte para preocuparte por causar ese efecto, a sabiendas de que nunca nadie lo vería? Porque hace cuatrocientos años, el artista no pudo imaginar que llegaría el día en que tendríamos cajas de metal y cristal llenas de chips que nos permitirían ver su obra desde cualquier rincón del mundo y acercarnos a ella con un zoom tan potente que ves hasta los poros de la piel. Y sin embargo, ahí está esa transparencia prodigiosa de Willem van Haecht como un regalo del siglo XVII para el siglo XXI.

Imagen: detalle minúsculo de La galería de Cornelis van der Geest (1628)

 

Ponle aguacate al döner

Hoy, comer döner es un antojo que me doy a veces mientras viajo, como hoy. Pero en mis épocas de estudihambre era una solución recurrente.

En estos veintipico de años cambió el mundo: Steve Jobs inventó el teléfono inteligente, los Balcanes se reconfiguraron, vimos el ascenso del primer presidente negro de Estados Unidos y también de su primer tirano, incluso sobrevivimos a una pandemia y vivimos el final de una era histórica para iniciar la nueva era de la inteligencia artificial y, sin embargo, el döner sigue igual que cuando lo probé por primera vez.

El día que a un dönero se le ocurra ponerle aguacate, ese día habrá cambiado realmente el mundo. Y su vida también cambiará gracias a esta idea millonaria que aquí regalo por el bien de la humanidad.

 
Next
Next

Cinco cosas buenas (vol. 24)