Cinco cosas buenas (vol. 26)

Cada domingo recojo cinco momentos, historias, detalles y cosas buenas de la vida que se me atravesaron en la semana. ¡Ojalá sirva de inspiración!

 

Carl Sprinchorn

Descubrí a este gran artista, sueco de nacimiento, gringo por decisión. Cuando tenía quince años leyó acerca de un profesor de arte en Nueva York y entonces tomó la decisión de irse allá para aprender a pintar. No sabía inglés, así que la comunicación era por medio de gestos.

Foto: Luc Demers por cortesía de Jay DeMartine

 

Elogios a Fausto

Hace dos meses murió mi amigo Fausto en circunstancias misteriosas. Pregunté a mi alrededor y nadie sabía qué le había pasado. Dos amigos me aseguraron que le había vuelto el cáncer pero algo no me cuadraba: no me lo había contado ni tampoco a nadie más. Colegí que eran suposiciones. Hasta que por fin me llegó la información correcta: se había sentido mal, fue al médico y, ahí, le dio un ictus. Murió ese mismo día, supongo que en el hospital.

De pronto, un amigo me envió desde Nueva York esta foto de Fausto tocando el piano en casa de este amigo que teníamos en común. Me puse a averiguar más y di con este obituario precioso escrito por Enrique Krauze, en el que escribió con atino:

Las tres virtudes teologales libraban una dura batalla en su alma: nunca supe si mantuvo la fe, sé que muchas veces perdió la esperanza, pero siempre practicó la caridad.

Yo estoy cierto de que perdió la fe y suscribo que siempre practicó la caridad.

 

Nuestro amigo Rodrigo

Y hablando de amigos, mi hermano Carlos consideraba a Rodrigo su mejor amigo. Pero Carlos murió y, entre las cosas que me dejó, fue una nueva amistad con él, así que lo correcto sería hablar de “nuestro” amigo.

Rodrigo hizo el doctorado y un postdoctorado en Hamburgo, así que vivimos cerca. Como hacía tiempo que no nos veíamos, lo invité para ver juntos El buen espíritu. Primero nos echamos nuestros tequilas, ya luego vimos el documental: con comentarios, pausas, rewinds y estremecimientos, pues él también creció en un ambiente opusino (papás y colegio).

Ayer  hablamos largo y tendido de mil y una cosas. Ahora tenemos un proyecto común: sacar la licecia de caza alemana porque es una buena manera de aprender muchísimo sobre temas de la naturaleza, que nos apasionan (y porque la española que tengo no es válida en tierras germánicas).

 

Este depa

La primera persona a la que conocí al volver a Berlín después de mi última etapa en el Opus fue RC. Marzo del 2006: acababa de empezar el semestre cuando me vio comiendo solo en la cafetería de la universidad. Habíamos coincidido en clases de griego esa mañana, cuando de pronto se acercó para invitarme a la mesa en que ella comía con una amiga… y desde entonces no hemos perdido el contacto.

Esta semana la visité en Berlín y me invitó a acompañarla a casa de su mamá, adonde fui varias veces en nuestras épocas de estudiantes. Recordaba el departamente como inusual, por estar situado en el piso más alto de uno de los edificios de vivienda más emblemáticos de Berlín —no solo por su arquitectura sino por a la ribera del canal que atraviesa Kreuzberg y la ciudad—, un diseño que aparece en todas las guías de turistas.

Lo que no recordaba era el mobiliario. F, su mamá, trabajó toda su vida como curadora de arte y tengo la impresión de que ahora, ya pensionada, arregló un poco su piso. Lo recordaba un tanto desordenado, más retacado de cosas. Esta vez, en cambio, me encontré con una preciosa colección de muebles de autor, obras de arte y una biblioteca excepcional. Es lo único que tiene, en realidad: muebles, arte y libros. Jamás olvidaré la insospechada sorpresa y los minutos de felicidad cuando me quedé a solas con la bebé y el perro en ese lugar luminoso.

 

Cinco insultos simpáticos

Será mi debilidad por el inglés británico, pero es que realmente es magnético. Me encontré cinco simpatiquísimos insultos, que intenté traducir:

Fopdoodle es un necio insignificante. En español: “mequetrefe” o “badulaque”.

Ninnyhammer en un mentecato, un bobalicón, un “chisgarabís”.

Slugabed es un remolón u holgazán que no quiere levantarse de la cama. Shakespeare utilizó el adjetivo palabra en Romeo y Julieta.

Grumbletonian es un quejumbroso profesional, un refunfuñón, que originalmente se usaba para los adversarios políticos

Pettifogger es alguien que discute nimiedades, como un “picapleitos”.

Ya sé cómo llamar a mis hijos, que se la pasan discutiendo las babosadas más triviales, algo que nos achacaba mi mamá y que apenas ahora entiendo lo molesto y frustrante que es en la vida diaria.

Imagen: Carl Wilhelm Hübner, A Pettifogger (1846)

 
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