Cinco cosas buenas (vol. 24)

Cada domingo recojo cinco momentos, historias, detalles y cosas buenas de la vida que se me atravesaron en la semana. ¡Ojalá sirva de inspiración!

 

Semana intensa

Me habían advertido ya. Lo había intuido también. Y sin embargo, no hay quien te prepare para una exposición a nivel internacional como la que he tenido por el documental. Se puede ignorar, sí, pero no tiene sentido después de haber contado algunas de mis historias más íntimas.

Quiero —y me parece que todos los participantes queremos— contribuir a desenmascarar al Opus Dei, que se ha disfrazado de santidad, pero también a que las personas que se acerquen aprendan de nuestras experiencias y, tal vez, podamos encauzarlas al tipo de ayuda que necesitan.

Los exes que participamos tenemos un grupo activo de WhatsApp. Detesto los grupos de chat pero este ha sido una excepción: pura gente brillante, pura buenaondez, por más diferentes que seamos unos de los otros. He encontrado una verdadera comunidad de intercambio intelectual y humano que ya quisiera el Opus para una fiesta de aniversario.

Foto: con Federico Johansen en el set de El buen espíritu

 

170 km de moto

Pocas cosas me gustan más en la vida y me ayudan a desconectar —o a tener buenas ideas, según sea el caso— que andar en moto. Me había acostumbrado ya a hacer un viaje por Europa cada año, y tuve también la oportunidad de hacer varios viajes por Alemania. Pero desde el 2024 no ha sido posible. A duras penas llegué a las Olimpiadas de París en moto, lo cual cuenta más como transporte que como viaje.

Desde entonces, la moto me ha servido principalmente para desplazarme entre los puntos del tríanguolo que conforman el hospital, el doctor y la casa.

Pero esta semana hice un pequeño viaje de unos 170 km. Fue una delicia hacer un recorrido de media distancia, ver paisajes, el puerto, meterme a la Autobahn, serpentear por caminos pequeños… Regresé a casa cansado pero muy feliz.

 

Dos motos son mejor que una moto

Y si andar en moto me hace feliz, ir acompañado por los niños me hace doblemente feliz. Aprovechando que aún no hace frío, hicimos el otro día un recorrido de varios kilómetros entre campos y bosques. Se me hincha el corazón de orgullo y alegría de ver, en este caso, a G ir a toda velocidad entre la maleza, por las veredas, sin miedo.

¡Cuánto hubiera dado por tener una moto de niño! La pedí mil veces y mil veces me la negaron. Hoy me pregunto qué hubiera sido de mí cuando enfermó mi hermano si, en lugar de haberme hecho del OD, le hubiera metido duro a las motos… Ojalá existiera el hubiera.

Como sea, sí me siento un poco realizado al ver a mis hijos en moto.

 

Adiós a los problemas financieros

En Alemania, si estás dado de baja por enfermedad, el seguro médico te paga un porcentaje de tu sueldo para cubrir tu subsistencia durante un máximo de 78 semanas. En mi caso, ese plazo se venció en junio. Desde entonces no había recibido dinero.

Tuve que vender mis centenarios de oro, nos apretamos el cinturón, mis suegros nos echaron la mano y esperé, esperé y esperé… hasta que por fin esta semana fueron aprobados el seguro de desempleo y otras prestaciones sociales que ofrece Alemania a familias jóvenes que la están pasando mal cuando el adulto que trabaja está enfermo.

En términos de salud, las últimas semanas han sido malas. A este paso, quizá no vuelva a la vida normal en enero, como pensaba, sino más adelante, considerando que el invierno aquí es una dificultad enorme para mí. Como sea, al menos ya no tenemos las dificultades financieras por las que atravesábamos.

Lo que sí es una pena es que este bendito estado social está despareciendo gracias a las irresponsables políticas del canciller actual. Al menos podré contar en el futuro que fui uno de los últimos beneficiarios.

 

Bosques de Alemania

Los cuentos de los hermanos Grimm y algunas leyendas han perpetuado la fascinación por los bosques alemanes: algunos encantados, otros hogar de lobos feroces o de brujas o escenario de batallas y proezas bélicas. Aquí he aprendido a diferenciarlos por las especies de árboles, por el uso que se les da, por la configuración de la flora.

Por prescripción médica salgo a caminar todos los días. Hace poco cometí la imprudencia de meterme a un bosque cuando ya empezaba a oscurecer. Grave error, pues esta es zona de lobos y lo peor que te puede pasar es atravesártele a un lobo hambriento o a uno que está comiendo. ¡Sentí el miedo que narran los cuentos cuando a alguien le cae la noche en un bosque! Y me acordé de Eichendorff:

“Ya es tarde, empieza a hacer frío,
¿por qué cabalgas solo por el bosque?”

Con la llegada del otoño y el acortamiento de los días, he ido recorriendo mis caminatas hacia el mediodía.

Hoy fui a caminar a un bosque que frecuento poco pero que me parece particularmente hermoso por cómo se filtran los rayos de sol entre la espesura, porque no se ve el suelo, recubierto de pastos y musgo, porque tiene ondulaciones el terreno. Iba pensando en esa famosa carta que Kierkegaard le escribió a su hermana mientras escuchaba el insistente golpeteo de un pájaro carpintero:

“Ante todo, no pierdas las ganas de caminar: cada día camino hasta alcanzar un estado de bienestar y camino para alejarme de toda enfermedad. Caminando he llegado a mis mejores pensamientos, y no conozco pensamiento tan pesado del que uno no pueda alejarse caminando”.

 
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