Cinco cosas buenas (vol. 10)

Cada domingo recojo cinco momentos, historias, detalles y cosas buenas de la vida que se me atravesaron en la semana. ¡Ojalá sirva de inspiración!

 

¡Décimo aniversario!

En mi cumpleaños del 2016, mientras vivíamos en México y celebrábamos en Puerto Escondido, le dije a S que quería vivir con ella por tiempo indefinido y formar una familia. Esa misma noche, aún sentados en la playa, tomamos cuatro decisiones: matching tattoos, hacer un viaje en coche por la costa occidental de Estados Unidos, empezar nuestra familia cuanto antes y que los niños crecieran en Alemania.

Como somos resolutivos, nos levantamos y convencimos al tatuador de que pospusiera su cena y nos tatuara. Regresamos al DF, organizamos nuestro roadtrip y en Portland nos enteramos de que S estaba embarazada.

Después abordamos el avión de Lufthansa que nos llevó a Berlín. Llegamos el 28 de junio por la tarde. Como S había subarrendado, caímos en el depa desocupado de una amiga suya en Prenzlauer Berg. Dejé las maletas y salí a toda prisa de la casa: necesitaba reencontrarme con Berlín, la ciudad que me había deshecho para poderme rehacer, y con el barrio de PB, que me había dado y quitado tanto. Junto a la puerta reparé en un huacal lleno de libros para regalar. Uno captó mi atención: The Pregnancy Book for Men: From Dude to Dad in 40 Short Weeks.

Me reuní con alguien que en esa época consideraba mi amigo, tomamos cervezas y cenamos. La tarde parecía resistirse a que nos cayera encima la noche.

Diez meses después de aquella noche de tatuajes en Puerto Escondido nació C. Pasado un tiempo, había dejado de ser dude y me había convertido en papá, decidí que Berlín ya no era el lugar idóneo para vivir. Tras un intento infructuoso por llevar a la familia a España, nos reestablecimos en el campo en lo que se llama aquí la Lüneburger Heide, algo así como el “valle florido de Lüneburg”.

Han sido diez años de nostalgias por mi antigua vida de dude, de alegrías y esperanzas, de sueños rotos por no habernos establecido en Tarifa, de retos interminables, diarios y pedestres por vivir con cuatro niños y de romperme en mil pedazos para volverme a pegar pero no con kolaloka ni resistol sino con kintsugi porque descubrí a una persona que hizo exactamente eso conmigo: S, una mujer de 24 quilates.

 

Tres años de Cz

Nuestra Cz cumplió tres años. Lleva tres días poniéndole tres dedos en la cara a quien ose cruzársele en el camino. ¡Tres! In your face!

Para mí, tres años no son nada; para ella, toda una vida. Nació cuando apenas empezábamos a dejar atrás la pandemia, que hoy ya queremos que sea lejana. En el ínter aprendió a cantar, a andar en patín del diablo y también –hija de tigre: pintita– a imponerse cuando algo no le parece.

¿Pandemias? ¿Mundial? No sabe que hubo un tiempo en que no podíamos acercarnos ni abrazarnos, tampoco que el mundo se paraliza cada cuatro años por una pelota de futbol. Son cosas de mi memoria, no de la suya. Para ella, el mundo simplemente ha sido así desde siempre. Quizá en eso se nos vaya el tener hijos: en heredarles como normal un mundo que uno todavía recuerda como extraordinario.

¡Cz, que cumplas tres años treinta veces más!

 

Calorón

El tema en Europa es el calorón. No es que haya llegado una oleada de calor, es que tenemos un domo de calor sobre Europa que nos está cocinando. En el continente más avanzado del mundo no estamos preparados a pesar de que llevamos treinta años escuchando sobre cambio climático y calentamiento global. Excepto los negocios de lujo y los hoteles, es difícil encontrar establecimientos con aire acondicionado.

Crecí en Monterrey –tengo claro el día en que estuvimos 48º–, así que el calor me recuerda de dónde vengo. Pero uno se medio desacostumbra, así como también uno se medio acostumbra al frío, que me recuerda dónde vivo. Como sea, para mí el sol y el calor son una buena noticia y más llevaderos que el frío y la oscuridad invernal. Estoy contento con estos calorones., aunque ya vi qué medidas voy a tomar para equipar la casa para que nos hagan los mandados, como en Monterrey.

Imagen: BILD

 

Otros mundos para explorar

Vi el documental de Alex Honnold explorando Groenlandia. Me dio un poco de sentimiento porque yo soñaba con ser explorador de NatGeo: “Dr. Livingstone, I presume?” fue uno de los horizontes de mi vida. Quería ser un nuevo Dr. Livingstone al que tuvieran que ir a buscar porque se la estaba pasando muy bien en sus aventuras de explorador.

Pero la vida me tomó por el otro brazo: no tuve la guía necesaria para emprender ese camino del Dr. David Livingstone pero sí el otro: fue un fanático religioso así como yo también dediqué años importantes de mi vida al Opus Dei.

Conecto estos sueños y recuerdos con un reel que me envió mi amiga Karen sobre romper círculos. Fue lo primero que vi esta mañana al despertar y me dejó muy contento, muy orgulloso de mí mismo: lo mío no fue explorar Groenlandia ni el lago Victoria. Me tocó cartografiar ese otro territorio menos visible del pasado –personal y familiar– para romper ciertas cadenas traumáticas y dejarles a mis hijos un mundo –al menos interior– mejor. No encontré el nacimiento del río Nilo ni escalé murallas de granito en Groenlandia pero ha sido una buena expedición encontrar y desanudar el origen de ciertos dolores.

Imagen: NatGeo

 

Habemus prologum!

Ayer terminé de escribir el prólogo para el libro de los cuentos completos de los hermanos Grimm. En realidad ya había escrito buena parte dos años atrás. Ahora solo me limité a corregir esas páginas y a escribir unas cuantas más para que entonces no había sabido formular.

¡Estoy muy contento con el resultado! Esta noche le daré una nueva leída y enviaré a la editorial. Siguiente paso: revisar los cuentos del segundo tomo con un ojo mientras con el otro empiezo a leer la biografía de los Grimm que publicó hace unos meses Ann Schmiesing: la tenía desde hace varias semanas sobre el escritorio, la consulté para escribir el prólogo y me encantó cómo está armada y contada.

Al igual que hace unos años, los Grimm vuelven a estar en el centro de mi agenda y de mi cabeza. No se me ocurre mejor compañía para este verano.

 
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¿Por qué necesitamos todavía a Odiseo?