Cinco cosas buenas (vol. 14)
Cada domingo recojo cinco momentos, historias, detalles y cosas buenas de la vida que se me atravesaron en la semana. ¡Ojalá sirva de inspiración!
¡Canicas!
Hace muchos años, mi amigo José Montelongo me dio a leer un ensayo padre de verdad sobre canicas. Deploraba con nostalgia que el juego hubiera desaparecido, lo que me hizo caer en cuenta de que, en efecto, llevaba unos veinte años sin jugar a las canicas o sin ver niños jugando a las canicas. Me transmitió su nostalgia.
La casa que nos heredaron llegó con un bote de canicas, tabú para las niñas que crecieron aquí: llevaban cuarenta años confiscadas en un bote. Pues hoy que estuvo el día lluvioso y los niños me dijeron que estaban aburridos, saqué el bote de las canicas tabú y les enseñé a jugar, aunque fuera adentro sobre la alfombra. No recordaba con exactitud los distintos juegos, nombres ni siquiera las reglas pero hice mi mejor esfuerzo. A falta de pocito usamos un papelito. Les enseñé a los niños a tirar –lo que me costó mucho trabajo no solo por la falta de práctica sino porque ya me crecieron las manos– y nos divertimos.
Quedamos de llevar las canicas al patio de la escuela, ideal para jugar, no solo por la orografía sino porque a las canicas se debe jugar en el patio de la escuela. Mientras tanto, yo ya habré releído el ensayo de José y, quizá, googleado las reglas básicas del juego.
Un nuevo motociclista
Una de las grandes desilusiones de mi vida fue nunca tener moto, a pesar de haber insistido desde kíndergarten en que quería una. Con la consigna de que “es un ataúd sobre ruedas”, jamás me compraron moto. Tuve que aprender a manejar robándome la de mi papá cuando a los catorce o quince años… ah, porque él sí tenía su moto.
Esa gran desilusión me llevó a la ilusión de comprarles motos a mis hijos. Gozo de una manera indescriptible sentarme a verlos mientras dan vueltas en su moto o irnos a dar la vuelta juntos en las motos.
La gran alegría de esta semana es que R ya aprendió a andar en moto. El año pasado se cayó en el primer intento y tuvo miedo de volverlo a intentar, miedo que se extendió todavía hasta este verano. Pero su hermano lo persuadió de que “no pasa nada” y por fin se animó. No solo eso, sino que a los cinco minutos ya estaba divirtiéndose haciendo piruetas y parándose sobre el asiento como un verdadero stunt man.
Nada me gustaría más que llegara a desarrollar el gusto por las motos y que se una al plan que tenemos G y yo de darle la vuelta al mundo en unos años, cuando tengan edad y se pueda.
Godspeed!
Este futbolito de lujo
Soy de gustos sofisticados y caros, qué le voy a hacer. S propuso que tuviéramos un futbolito de mesa y reaccioné con horror porque son objetos espantosos. Quizá estoy un poco desviado en mi juicio porque el primer futbolito que vi en mi vida en casa de mis primos era una absoluta ruina sucia, rota, apestosa, desagradable, y se me quedó la idea.
Pero esta semana vi esta belleza irlandesa construida siguiendo las líneas del diseño mid-century con madera de nogal, mármol, porterías de piel y empuñaduras de bronce. Se fabrican a mano en Irlanda bajo pedido. Se aceptan donaciones en esta casa.
Foto: Orior Furniture
El monte Olimpo
Hace unos quince años, Grecia pidió a la Unesco que reconociera al monte Olimpo como patrimonio de la humanidad, por ser la sede de Zeus y la asamblea de los dioses griegos. La respuesta llegó justo hoy, para beneplácito mío, y acorde con el estreno de la Odisea de Christopher Nolan, que no he visto.
Hace unos días caí en cuenta de que la Odisea es el libro que he leído y releído más veces. Y ahora empiezo a leerla y a entenderla desde las perspectivas que dan la adultez y la experiencia. Todo esto para decir que he estado confrontando el modo de ser griego con el modo de ser cristiano y me doy cuenta de que cada vez me alejo más del cristianismo que se me inculcó –sectario, opusdeico, sí– para volverme más griego. No hablo de religión sino de cosmovisión.
Así que me alegra en demasía la noticia, que llegó tambié muy acorde con mis perspectivas de la vida.
Foto: The Guardian
¿Duraznos? ¿En Alemania? ¡Sí hay!
Lo que escribió Tolstoi de que “Todas las familias felices se parecen pero cada familia infeliz lo es a su manera” también puede decirse de la infancia. Y si en la mía estuvo ausente la alegría de la moto, tuvo la delicia de los higos y duraznos del jardín. Cada verano me comía los higos casi solo –llegué a contar setenta en una sola sentada– y las ramas del durazno caían hasta el suelo de tan recargados de frutos que estaban. Hasta que llegó una helada y murieron, no sin que antes hubiera tenido yo el tino de sembrar el hueso de uno de los duraznos que me comí.
Desde hace dos años he querido tener árboles frutales en el jardín. Decidí que cada uno de los niños sembrara uno: un manzano, un ciruelo, un cerezo y un peral, frutas todas que se dan bien aquí. Pero se nos pasó el tiempo de la siembra, luego surgieron otras prioridades y no sembramos nada.
Pero el dueño del taller de motos me contó que tiene un durazno en el estacionamiento del taller. ¿¡Cómo!? Si esos árboles no son a prueba de frío. O al menos eso pensaba. Pues fui a asomarme y, en efecto, el arbolito está recarcago de duraznos. Corté dos, me los comí y los sembramos en el jardín. Ya encarrerados, los niños tomaron huesos de otros duraznos que habíamos comprado y los sembramos también.
Para mi sorpresa, C ya había tomado la iniciativa por cuenta propia y había sembrado cinco castaños, y las matitas ya estaban creciditas. Ya veremos cómo se van dando…