El mexicano rampante
Leí estos días una columna de opinión en The New York Times sobre el avance del AfD y la incapacidad de Friedrich SchMerz y del CDU para frenarlo. SchMerz llegó al gobierno diciendo precisamente que quería reducir su apoyo, pero vemos lo contrario. (Se apellida Merz pero Schmerz significa “dolor” porque el canciller es un dolor en los mismísimos…)
Una de las razones por las que me metí en política fue precisamente frenar el AfD. Decidí que no podía pasarme viendo lo que ocurría y quejándome de lo mal que están las cosas. Quería hacer algo. Soy candidato independiente al ayuntamiento, pero por razones de salud tomé la decisión pragmática de colaborar con el CDU, el partido fuerte en mi municipio.
Durante tres años me preparé leyendo, investigando, asesorándome, y entré con muchísima ilusión, a sabiendas de que el trabajo es pro bono.
Si bien he aprendido de esta experiencia, la decepción ha sido grande y terminé por entender en carne propia por qué crece y crece el AfD.
No voy a extrapolar a nivel federal lo que sucede en el insignificante pueblo de Rosche, pero sí detecto aquí patrones que reconozco cuando alejo el zoom.
Trabajé cuanto la salud me permitió hasta darme cuenta de que mis iniciativas no eran del todo bienvenidas: estaba bien hacer algunas cosas, pero no tener "demasiada" iniciativa; estaba bien traer ideas nuevas, pero no alterar la manera en que las cosas se habían hecho siempre. Absurdo, si se considera que el eslogan de la campaña es "Pensar a Rosche de nuevo".
El CDU habla de renovación, de nuevas generaciones con nuevas ideas. El problema de los nuevos que queremos fortalecer una alternativa democrática ante el avance del AfD es que llegamos con la desagradable costumbre de —precisamente— ser nuevos, de tener otras ideas, de plantear preguntas, proponer iniciativas diferentes.
Al poco recibí dos ataques semipúblicos de alguien del equipo. Descubrí cambios en lo acordado que me afectaban directamente y de los que nadie se había tomado siquiera la molestia de informarme. Esperaba un trato respetuoso entre quienes proyectábamos trabajar juntos los próximos seis años pero se evidenció una falta de liderazgo.
Me acordé de Albert Hirschman: cuando algo no funciona dentro de una organización, o intentas cambiarlas desde dentro (voice) o te vas (exit). Pues bien, me voy porque no quiero trabajar seis años gratuitamente en un grupo donde no encuentro respeto.
Me acordé entonces también de que Italo Calvino sufrió una tremenda desilusión en 1956. Al percibir que no podría renovar nada dentro de su partido, se alejó y empezó a escribir El barón rampante. Es la historia de Cosimo, un niño que se sube a vivir a los árboles después de una pelea absurda con su familia y decide no volver a poner los pies en el suelo.
Al ganar distancia —separándose sin desaparecer—, Cosimo parece que adivinó un punto intermedio entre los extremos de Hirschman: desde arriba siguió participando de los asuntos políticos de su comunidad.
En cuanto a mí, sigo pensando que vale la pena hacer política municipal, sigo preocupado por el AfD —que arrasó ayer en el estado vecino— y sigo convencido del potencial de este rincón de Alemania. Ahora debo encontrar a qué árbol me voy a subir.